Ese dolor que no existe
Hay molestias que no se dejan medir. No aparecen en una analítica, no se localizan en una radiografía, no responden a una pregunta directa. Están, pero no se dejan fijar. Se desplazan, cambian de intensidad, se esconden en los intersticios de la vida cotidiana hasta que, de repente, lo ocupan todo. Ese tipo de presencia —difusa, persistente, difícil de compartir— atraviesa de principio a fin Ese dolor que no existe, de Giulia Caminito, publicado por Sexto Piso, donde la experiencia del malestar se convierte en una forma de relación con el mundo.
Loris crece en un entorno donde el cuerpo todavía no es una amenaza. La infancia, asociada a los veranos junto a su abuelo Tempesta, aparece como un espacio de cierta armonía, aunque no necesariamente idealizado. Allí, el contacto con lo concreto —el huerto, la construcción de una pajarera, el cuidado de las palomas— no funciona como simple decoración rural, sino como un modo de estar presente. Hay algo en ese aprendizaje manual que desplaza la ansiedad, que permite que la lectura deje de ser un refugio defensivo para convertirse en una actividad entre otras, integrada en la vida.
Ese equilibrio no se mantiene. Con el paso del tiempo, la lectura deja de ser un gesto espontáneo para convertirse en una profesión. El traslado a la ciudad, la entrada en el mundo editorial, la construcción de una vida aparentemente estable —un apartamento, una relación de pareja— no consiguen reproducir aquella sensación inicial de ajuste con el entorno. Más bien ocurre lo contrario: cuanto más se define la estructura externa, más inestable se vuelve el interior.
El trabajo en la editorial, marcado por la precariedad, introduce una tensión constante que no se presenta de forma explícita como conflicto laboral, sino como una forma de desgaste difuso. No hay un acontecimiento puntual que lo explique todo. Lo que aparece es una acumulación de inseguridades, de exigencias no formuladas del todo, de expectativas que se perciben pero no se delimitan. Loris no se enfrenta a una crisis visible, sino a una erosión progresiva que se infiltra en la percepción que tiene de sí mismo.
Es en ese punto donde el cuerpo empieza a ocupar el centro. Las señales que envía —o que Loris interpreta como señales— se convierten en un lenguaje propio, autónomo, que no coincide con el de quienes lo rodean. Hay un desfase entre lo que él siente y lo que los demás pueden reconocer. Los médicos no encuentran nada concluyente, su entorno cercano no logra acceder a la experiencia que describe, y esa distancia no hace más que intensificar la sensación de aislamiento.
El dolor, en este contexto, no es solo una molestia física. Es una forma de conciencia. Una manera de mirar el mundo desde una alerta constante, desde la sospecha de que algo no encaja, aunque no se pueda nombrar con precisión. Caminito no plantea este malestar como un enigma que deba resolverse, sino como una condición que se instala y reorganiza la vida del personaje. No hay una búsqueda de diagnóstico en sentido clásico, sino una exploración de lo que ocurre cuando la explicación no llega.
La relación con los demás se resiente de manera casi imperceptible al principio, pero cada vez más evidente con el paso del tiempo. La novia, los padres, incluso los profesionales que deberían ofrecer una respuesta, empiezan a situarse en un plano que Loris percibe como inaccesible. No porque haya un conflicto abierto, sino porque el lenguaje compartido deja de ser suficiente. Lo que para otros es tranquilidad o normalidad, para él se convierte en incomprensión.
En ese vacío emergen dos elementos que funcionan como apoyos, aunque de naturaleza muy distinta. Por un lado, las redes sociales, que ofrecen una forma de conexión inmediata, fragmentaria, donde la validación y la exposición se entrelazan. No aparecen como una solución, sino como un espacio ambiguo: alivian en ciertos momentos, pero también alimentan las mismas dinámicas que intensifican la inquietud. La relación con ese entorno digital no es lineal, y en esa ambivalencia se juega buena parte de la experiencia contemporánea que el libro recoge.
Por otro lado, está Catástrofe, esa criatura que solo Loris puede ver. Su presencia introduce un registro diferente, que no se ajusta a una lectura estrictamente realista. No se trata simplemente de un recurso simbólico evidente, sino de una figura que acompaña, que ocupa un lugar concreto en la vida del personaje. Su forma —mezcla de rasgos animales— no busca tanto representar algo cerrado como abrir un espacio donde lo inexplicable pueda tener consistencia. Catástrofe no resuelve nada, pero tampoco desaparece. Está ahí, como el dolor, como una compañía que no se puede compartir con otros.
El contraste entre la materialidad de la infancia y la inestabilidad del presente no se articula como una nostalgia explícita, sino como una diferencia de densidad. Lo que antes se sostenía en gestos concretos ahora se diluye en percepciones más abstractas. El tiempo no se presenta como una línea clara de evolución, sino como una acumulación de capas donde lo vivido sigue operando, aunque ya no sea accesible de la misma manera.
Ese dolor que no existe se mueve en ese territorio donde la experiencia individual no encuentra fácilmente un correlato externo. Caminito no simplifica ni dramatiza en exceso esa condición. La sitúa, la observa, la deja desplegarse en sus propias contradicciones. El resultado no es una historia orientada a la resolución, sino un recorrido que se detiene en los matices de una forma de malestar que, precisamente por no ser visible, adquiere una presencia difícil de ignorar.
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