La sangre de la Malvasía

La sangre de la Malvasía

Hay islas donde el paisaje parece contener una advertencia permanente. No una belleza serena ni una postal detenida en el tiempo, sino una tensión geológica que continúa respirando bajo la superficie. Lanzarote posee algo de eso incluso hoy. La tierra negra, el horizonte seco, la sensación de aislamiento rodeado de océano convierten el territorio en un espacio donde cualquier relato histórico adquiere una densidad particular. En La sangre de la malvasía, Jorge Laguna aprovecha precisamente esa fisicidad áspera de la isla para construir una narración donde el entorno no actúa como simple escenario, sino como una presión constante sobre quienes lo habitan.

La novela se sitúa en la Villa de Teguise de 1730, un momento especialmente complejo para Lanzarote. La sequía y los temblores que sacuden la isla funcionan aquí en varios niveles al mismo tiempo. Son una amenaza material inmediata, pero también una forma de desgaste colectivo. El miedo termina alterando la convivencia, modifica la percepción del futuro y convierte el silencio en una herramienta de supervivencia. La sensación de abandono por parte de la corona agrava todavía más ese clima. La isla aparece retratada como un territorio periférico donde la distancia respecto al poder central no es solo geográfica, sino profundamente humana.

Dentro de ese contexto llega el emisario real cuya presencia altera el equilibrio de la comunidad. Jorge Laguna utiliza esa irrupción externa para activar el componente de intriga criminal que atraviesa toda la novela. La muerte del visitante en circunstancias extrañas transforma inmediatamente la sospecha en una enfermedad compartida. Nadie queda completamente fuera del foco. Lo interesante es que el misterio no se desarrolla únicamente como un juego detectivesco tradicional, sino como una exploración de una sociedad cerrada donde todos conocen fragmentos de los demás y, al mismo tiempo, todos esconden algo.

Juan Leal, alcalde de la villa, asume la investigación acompañado de su hija Yaiza. Esa relación aporta una dinámica especialmente relevante dentro del relato. No se trata simplemente de un personaje masculino guiando la acción mientras la figura femenina ocupa un papel accesorio. Yaiza interviene de manera activa dentro del desarrollo de los acontecimientos y la novela aprovecha esa presencia para mostrar las limitaciones sociales impuestas a las mujeres durante el siglo XVIII. Jorge Laguna no convierte esa cuestión en un discurso explícito ni en una tesis constante, pero sí la integra de forma natural en las relaciones entre personajes, en las jerarquías sociales y en las oportunidades reales de decisión dentro de la comunidad.

Ese equilibrio entre la intriga y el retrato social constituye uno de los elementos más visibles de la construcción narrativa. La investigación funciona como motor, pero alrededor de ella se despliega una reconstrucción amplia de la vida insular. Aparecen las tensiones entre clases, la precariedad económica, la dependencia respecto a decisiones tomadas lejos de la isla y también la presencia de la esclavitud como parte estructural de aquel mundo. La novela no presenta el siglo XVIII como un decorado romántico ni como una simple ambientación aventurera. Hay una voluntad clara de mostrar las fracturas internas de la época y las contradicciones morales de una sociedad profundamente desigual.

En ese sentido, el trabajo de ambientación resulta fundamental. Jorge Laguna presta mucha atención a los pequeños detalles materiales que sostienen la credibilidad del relato. La manera de desplazarse, la organización de la villa, las relaciones comerciales, la importancia del vino de malvasía dentro de la economía local, la dureza de las condiciones climáticas o la vulnerabilidad permanente frente a la naturaleza construyen una atmósfera muy tangible. La isla no aparece idealizada. Hay belleza, sí, pero también agotamiento, hambre, resentimiento y miedo.

La elección de Lanzarote como núcleo narrativo introduce además una dimensión poco habitual dentro de la ficción histórica española. Muchas novelas ambientadas en el siglo XVIII tienden a desplazarse hacia grandes ciudades, cortes o escenarios vinculados directamente al poder político. Aquí ocurre lo contrario. La periferia ocupa el centro. Eso modifica completamente la escala del relato. La historia se mueve entre caminos de tierra volcánica, conversaciones marcadas por la desconfianza y una comunidad que vive pendiente de rumores, decisiones externas y fenómenos naturales imposibles de controlar.

El componente volcánico posee también una presencia simbólica evidente. Los temblores y la amenaza latente bajo el suelo funcionan como una prolongación emocional de los personajes. Hay algo contenido que parece preparado para estallar en cualquier momento. Jorge Laguna utiliza bien esa tensión acumulativa. La sensación de fragilidad atraviesa toda la novela. No solo porque exista un asesinato por resolver, sino porque el propio mundo en el que viven los personajes parece encontrarse al borde de una transformación irreversible.

La sangre de la malvasía mantiene además un ritmo narrativo bastante dinámico. La investigación avanza mientras se incorporan conflictos personales, relaciones de poder y episodios que amplían progresivamente la dimensión del misterio inicial. La novela combina momentos de tensión más directa con otros donde el peso recae sobre la observación del entorno y la evolución de los personajes. Esa alternancia evita que la historia quede reducida únicamente a la resolución del crimen.

También resulta interesante la manera en que el silencio aparece integrado dentro de la estructura social del relato. No es casual que muchos personajes oculten información o se muevan constantemente entre medias verdades. En comunidades pequeñas, aisladas y golpeadas por la precariedad, hablar puede convertirse en un riesgo. La novela trabaja bastante esa idea. La sospecha no nace únicamente del asesinato, sino de años de convivencia sostenida sobre secretos, dependencias y relaciones difíciles de romper.

El regreso de Jorge Laguna al territorio de la ficción histórica mantiene varias de las características que ya estaban presentes en sus novelas anteriores. Existe una clara voluntad de inmersión ambiental y un interés por explorar momentos históricos desde espacios concretos y emocionalmente reconocibles. Pero aquí esa aproximación parece adquirir una dimensión más áspera y contenida. La isla imprime carácter al relato. Todo parece condicionado por ella. Incluso las decisiones de los personajes terminan arrastrando algo de esa dureza mineral que atraviesa el paisaje.

La novela acaba construyendo una combinación bastante sólida entre intriga, reconstrucción histórica y tensión humana. El asesinato inicial sirve como detonante, pero el verdadero interés termina apareciendo en todo lo que rodea ese crimen. Las heridas sociales, la sensación de abandono, las relaciones marcadas por el miedo y las posibilidades reales de encontrar una segunda oportunidad dentro de un lugar donde casi todos parecen atrapados por su propia circunstancia. Lanzarote deja entonces de ser únicamente un escenario histórico y se transforma en una presencia constante, incómoda y fascinante al mismo tiempo.

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