Els 10 manaments. Deu relats en negre
Hay ideas que atraviesan los siglos sin perder del todo su capacidad de incomodar. Los mandamientos bíblicos forman parte de ese tipo de estructuras morales que, incluso en sociedades cada vez más secularizadas, continúan presentes como una especie de fondo cultural compartido. Quizá ya no funcionan únicamente como normas religiosas, pero todavía condicionan la manera en que entendemos la culpa, el deseo, la traición, la violencia o la necesidad de justificar los propios actos. En Els 10 manaments. Deu relats en negre, publicado por Voliana Edicions, ese imaginario es trasladado al territorio de la literatura criminal a través de diez miradas distintas que convierten cada uno de los mandamientos en un punto de partida narrativo.
Conviene señalar, además, que la lectura realizada corresponde a la versión original escrita en catalán, un aspecto especialmente relevante en una antología donde cada voz construye su propio ritmo, su textura lingüística y su manera particular de entender el relato negro. La lengua no aparece aquí como un simple vehículo funcional, sino como una parte muy concreta de la identidad de los textos, de su proximidad y de la forma en que dialogan con una tradición cultural compartida.
El libro nace también de una celebración muy concreta. El volumen marca la llegada al número diez de la colección Falciot Negre de la editorial, y esa dimensión conmemorativa se percibe en la reunión de autores y autoras vinculados al género criminal catalán contemporáneo. El resultado no busca ofrecer una unidad estilística rígida. Precisamente una de las características más visibles del conjunto es la diversidad. Cada relato adopta su propio tono, su propia intensidad y su manera particular de acercarse a la idea de transgresión.
El planteamiento podría haber derivado fácilmente hacia un ejercicio excesivamente conceptual o simbólico, casi construido desde la idea antes que desde la narración. Sin embargo, el libro evita en gran medida esa sensación. Los mandamientos funcionan más bien como un impulso inicial, una excusa narrativa que permite explorar conflictos humanos muy distintos entre sí. Algunos textos optan por una aproximación más cercana al thriller clásico o a la investigación criminal. Otros se adentran en territorios más psicológicos, irónicos o incluso inquietantes desde una perspectiva casi moral.
Ese desplazamiento constante entre registros contribuye a mantener una lectura muy dinámica. El lector no se encuentra ante un único tipo de negro literario, sino ante una sucesión de formas que comparten un cierto clima pero no necesariamente las mismas herramientas narrativas. Hay relatos más secos y directos, casi cortantes, mientras que otros prefieren construir atmósferas más lentas, jugar con la insinuación o con las consecuencias íntimas de los actos.
También resulta interesante observar cómo el propio concepto de culpa se transforma según la sensibilidad de cada autor o autora. En algunos casos, la infracción del mandamiento tiene una dimensión claramente criminal. En otros, el conflicto se mueve en espacios mucho más ambiguos, donde la frontera entre responsabilidad y supervivencia se difumina. Ese matiz aporta al conjunto una profundidad que va más allá del simple juego literario de reinterpretar textos religiosos.
La participación de nombres como Margarida Aritzeta, Anna Maria Villalonga o Joaquim Micó refuerza, además, esa idea de pluralidad dentro de un mismo espacio literario. Las trayectorias de los participantes son diferentes, igual que sus formas de entender el relato. Algunos proceden de una relación más cercana con el género policiaco tradicional, mientras que otros incorporan influencias más híbridas, más sociales o más experimentales.
Esa variedad también afecta a la manera en que se representa la violencia. No todos los relatos necesitan construir escenas explícitas ni recurrir a una acumulación de tensión física. A veces el negro aparece en forma de resentimiento contenido, de silencios familiares, de deseos ocultos o de pequeñas deformaciones morales que terminan alterando por completo la vida de los personajes. El libro parece especialmente interesado en ese tipo de oscuridad menos espectacular pero más cercana.
Hay, además, una relación constante con la fragilidad humana. Los personajes que aparecen en estos relatos rara vez son figuras heroicas o excesivamente definidas por el bien o el mal. Muchos se mueven en espacios de contradicción, atrapados entre impulsos incompatibles, decisiones equivocadas o distintas formas de desesperación. Esa ambigüedad contribuye a dar verosimilitud al conjunto y evita que el libro caiga en esquemas morales demasiado simples, pese al punto de partida aparentemente normativo de los mandamientos.
El formato de antología introduce también una lectura fragmentada muy particular. Cada relato obliga a reiniciar la mirada, a adaptarse nuevamente a otro ritmo y a otra sensibilidad narrativa. Eso convierte el libro en una experiencia menos lineal y más cambiante. Hay textos que impactan desde la primera página y otros que trabajan de forma más subterránea, dejando una sensación que crece con el paso de las horas.
Dentro del panorama de la narrativa criminal catalana actual, el volumen funciona también como una muestra significativa de distintas maneras de abordar el género desde la lengua catalana. No hay aquí una única idea de lo que debe ser la novela negra o el relato criminal. Conviven aproximaciones muy distintas, desde el sarcasmo hasta la tensión más clásica, pasando por visiones casi simbólicas o especulativas.
La dimensión colectiva del libro termina generando una especie de mosaico donde lo importante no es únicamente cada relato por separado, sino también el diálogo que se produce entre todos ellos. Los mandamientos aparecen reinterpretados, cuestionados o deformados según las obsesiones particulares de cada voz. El resultado es un conjunto heterogéneo pero coherente en su voluntad de explorar las zonas más incómodas de la conducta humana.
Quizá ahí resida una de las ideas más interesantes del libro. Los mandamientos, entendidos tradicionalmente como límites morales, se convierten aquí en espacios de fricción narrativa. No funcionan como una frontera clara entre el bien y el mal, sino como detonantes que permiten observar hasta qué punto los seres humanos conviven constantemente con la tentación, la contradicción y la necesidad de justificarse ante los demás o ante sí mismos.
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