Ansiedad, TOC y "otros males" que me dominan.

Ansiedad, TOC y otros mecanismos de supervivencia

Hubo una época en la que pensaba que el verdadero problema eran mis errores. Decir algo fuera de lugar, malinterpretar una situación, generar un conflicto sin comprender exactamente qué había ocurrido. Con el tiempo empecé a sospechar que el problema no estaba únicamente en esos momentos concretos, sino en el desgaste constante de intentar evitarlos.

Vivir pendiente de no equivocarse resulta agotador.

Durante años tuve la sensación de avanzar improvisando, resolviendo cada jornada como podía, intentando llegar al final del día con el menor número posible de malentendidos, tensiones o situaciones incómodas. Cuando una conversación salía bien, sentía alivio. Cuando salía mal, analizaba una y otra vez cada detalle intentando descubrir qué había hecho incorrectamente.

Y al día siguiente todo volvía a empezar.

La ansiedad tiene esa capacidad de convertir lo cotidiano en una fuente permanente de vigilancia. No siempre aparece como una crisis evidente. A veces se manifiesta como una preocupación constante, una tensión de fondo que acompaña cada interacción social, cada decisión y cada cambio de planes.

En mi caso, esa ansiedad suele convivir con una necesidad excesiva de control. Necesito entender lo que ocurre, anticipar las consecuencias y reducir al máximo la incertidumbre. Cuando las cosas escapan a ese control aparecen pensamientos repetitivos que giran alrededor del mismo asunto durante horas o incluso días.

Algunas de esas preocupaciones son razonables. Otras, vistas con cierta distancia, resultan desproporcionadas. Pero cuando uno está atrapado dentro de ellas, la lógica no siempre ayuda.

Las conductas obsesivas y compulsivas funcionan muchas veces como un intento de recuperar una sensación de seguridad. Revisar algo varias veces, dar vueltas a una conversación, analizar una situación desde todos los ángulos posibles o quedarse bloqueado en un mismo pensamiento puede generar un alivio momentáneo. El problema es que ese alivio suele durar poco.

Y entonces el ciclo vuelve a comenzar.

Con el paso de los años también he desarrollado estrategias para protegerme. Algunas funcionan mejor que otras.

A menudo intento hablar poco. Pienso que cuanto menos diga, menos posibilidades habrá de equivocarme. Sin embargo, cuando acumulo demasiadas emociones o demasiadas preocupaciones, sucede justo lo contrario. Hablo más de la cuenta, explico demasiado, intento aclararlo todo y termino generando el efecto opuesto al que buscaba.

Es una contradicción difícil de explicar.

También me he vuelto más desconfiado. No porque crea que las personas sean malas, sino porque la experiencia de malinterpretar situaciones o de sentirme juzgado me ha llevado a observar con cautela las intenciones ajenas. A veces esa prudencia resulta útil. Otras veces me impide acercarme a personas que simplemente intentan ser amables.

Paradójicamente, cuando intento socializar suelo esforzarme tanto por resultar agradable que termino pareciendo artificial. Es como si existiera una distancia entre lo que siento y la forma en que consigo expresarlo. Intento encajar, intento facilitar las cosas a los demás y, sin darme cuenta, acabo transmitiendo una imagen que no se corresponde conmigo.

Entonces aparece el cansancio.

Y cuando ese cansancio llega, dejo de interpretar papeles. Dejo de medir cada palabra. Dejo de intentar agradar a todo el mundo.

Es en esos momentos cuando emerge una versión más directa, más seca y menos diplomática de mí mismo. No necesariamente menos auténtica, pero sí menos filtrada. Una versión que algunas personas consideran distante, fría o incluso antipática.

El resultado suele ser conocido.

Vuelvo a sentirme diferente.

Vuelvo a preguntarme si he hecho algo mal.

Vuelvo a analizar situaciones que probablemente los demás ya han olvidado.

Muchas personas autistas describen experiencias parecidas. No necesariamente con las mismas características ni con la misma intensidad, pero sí con esa sensación de esfuerzo permanente que acompaña a la vida social. Un esfuerzo que rara vez resulta visible desde fuera.

Porque hay algo que a menudo pasa desapercibido. No siempre sufrimos por lo que ocurre. En muchas ocasiones sufrimos por el trabajo mental que realizamos para intentar que ciertas cosas no ocurran.

Quizá por eso compartir experiencias resulta tan valioso.

Escuchar cómo viven otras personas sus propias dificultades ayuda a poner las nuestras en perspectiva. No para minimizar lo que sentimos ni para competir por quién lo pasa peor, sino para comprender que muchas de esas luchas silenciosas son más comunes de lo que imaginamos.

A veces descubrir que no somos los únicos ya supone una forma de alivio.

Si te interesa seguir explorando cómo la ansiedad, la incertidumbre y el desgaste social pueden influir en la experiencia autista, quizá encuentres conexiones con algunos textos publicados en Mundo Aspie como Ansiedad Asperger. ¿Cómo actúo?, Asperger adulto y la incertidumbre, Autistas y la sobrecarga de estímulos o Dormir sin despertarme antes de tiempo. Todos ellos abordan distintas formas en las que la mente intenta adaptarse a un mundo que, en ocasiones, parece exigir demasiado.

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