Dormir sin despertarme antes de tiempo. Cuando el descanso nunca termina de llegar
Dormir debería ser una de las experiencias más sencillas de la vida. Acostarse, cerrar los ojos y dejar que el cuerpo y la mente recuperen fuerzas para el día siguiente. Sin embargo, para muchas personas dentro del espectro autista, el sueño no siempre funciona de esa manera.
En mi caso, descansar ha sido casi siempre una negociación constante.
Dormir sin despertarme antes de tiempo
No recuerdo haber pasado muchas noches completas durmiendo de un tirón. Lo habitual es despertarme varias veces. A veces durante unos segundos, otras durante varios minutos. En ocasiones vuelvo a dormirme rápidamente y otras me quedo atrapado en ese estado extraño en el que uno no está completamente despierto ni completamente dormido.
Hay algo que rara vez falla. Una de esas veces que me despierto suele coincidir exactamente con la hora a la que tengo que levantarme.
Por eso hace años que apenas utilizo despertador. Mi cuerpo parece haberse acostumbrado a mantenerse en una especie de vigilancia permanente incluso mientras duermo. Como si una parte de mi cerebro se negara a desconectar por completo.
Un cerebro que sigue funcionando
Cuando era pequeño recuerdo que me daban unas gotas antes de acostarme. Nunca supe exactamente qué eran, aunque imagino que estaban relacionadas con las dificultades para dormir o con la necesidad de facilitar el descanso.
También recuerdo haber escuchado alguna vez que era sonámbulo.
No sé hasta qué punto ambas cosas estaban relacionadas, pero sí tengo la sensación de que mi relación con el sueño siempre fue distinta a la de otras personas.
Con los años he descubierto que esta experiencia no es tan poco frecuente entre personas autistas. Muchas describen problemas para conciliar el sueño, despertares frecuentes, horarios de descanso poco estables o una sensación persistente de no haber recuperado energía al levantarse.
Dormir no consiste únicamente en permanecer muchas horas en la cama. También importa la calidad del descanso. Y ahí es donde a veces aparecen las dificultades.
Soñar sin descanso
Hay otra característica que me acompaña prácticamente todas las noches.
Sueño.
Sueño mucho.
No hablo de sueños ocasionales que uno recuerda de vez en cuando. Hablo de una actividad constante, intensa y sorprendentemente detallada. Algunas mañanas puedo reconstruir escenas completas, conversaciones enteras o situaciones que parecen haber ocupado varias horas de la noche.
A veces tengo la impresión de que mi cerebro sigue trabajando mientras duermo.
Como si aprovechara ese tiempo para ordenar recuerdos, analizar situaciones pendientes o procesar experiencias acumuladas durante el día.
Quizá sea una percepción subjetiva. Tal vez todas las personas sueñen mucho más de lo que recuerdan. Pero la sensación que me acompaña al despertar es que mi mente ha permanecido activa durante toda la noche.
El descanso y el autismo
La relación entre autismo y sueño ha sido objeto de numerosos estudios durante los últimos años. Se sabe que los problemas de descanso aparecen con mayor frecuencia entre personas autistas que en la población general.
Las causas pueden ser muy diversas. La hipersensibilidad sensorial puede hacer que cualquier ruido, cambio de temperatura o estímulo ambiental interrumpa el sueño. La ansiedad acumulada durante el día también puede dificultar la desconexión. En otros casos intervienen alteraciones de los ritmos biológicos o una tendencia natural a mantener horarios diferentes a los socialmente establecidos.
Sea cual sea el motivo, las consecuencias suelen ser similares. Cansancio, dificultad para concentrarse, mayor sensibilidad emocional y una sensación de agotamiento que puede acumularse durante semanas.
Por eso muchas personas autistas terminan desarrollando rituales muy concretos antes de acostarse. No se trata únicamente de costumbres. A menudo son mecanismos que ayudan a crear una sensación de previsibilidad y seguridad necesaria para que el descanso sea posible.
Cuando dormir se convierte en un reto cotidiano
Con el paso de los años he aprendido a convivir con esta forma de dormir. No significa que me guste ni que no me gustaría despertar alguna mañana después de ocho horas seguidas de sueño profundo.
Simplemente he aceptado que mi descanso funciona de manera diferente.
Hay quien se sorprende cuando explico que me despierto varias veces cada noche. Para mí, en cambio, eso forma parte de la normalidad desde hace tanto tiempo que apenas recuerdo cómo sería una noche distinta.
Quizá el sueño sea uno de esos ámbitos donde se aprecia con claridad que la neurodivergencia no afecta únicamente a la comunicación o a las relaciones sociales. También influye en procesos mucho más cotidianos y menos visibles.
Procesos que ocurren cuando nadie nos observa y que, sin embargo, condicionan profundamente nuestra forma de afrontar cada nuevo día.
Si te interesa profundizar en cómo determinadas características del autismo afectan a la vida cotidiana, quizá encuentres puntos en común en textos como Autismo y los problemas para dormir, Autistas y la sobrecarga de estímulos, Ansiedad Asperger. ¿Cómo actúo? o Asperger adulto y la incertidumbre. Todos ellos exploran experiencias que, aunque diferentes entre sí, suelen estar conectadas por un mismo hilo de fondo relacionado con el agotamiento, la adaptación y la búsqueda de equilibrio.
