Ansiedad asperger. ¿Cómo actúo?

Ansiedad y autismo. Cuando por dentro todo se mueve

Hay momentos en la vida en los que todo parece desplazarse al mismo tiempo. Cambios laborales, decisiones importantes, incertidumbre, nuevas responsabilidades o situaciones que alteran rutinas que llevaban años formando parte de nuestro equilibrio cotidiano.

Estoy atravesando una de esas etapas.

Desde fuera probablemente nadie lo notaría. Quienes me conocen saben que suelo mantener una apariencia tranquila incluso cuando las cosas se complican. Mi expresión apenas cambia, mi forma de hablar sigue siendo la misma y continúo ocupándome de las tareas diarias como siempre.

Pero por dentro la realidad puede ser muy distinta.

A menudo se habla de las dificultades sociales asociadas al autismo, pero mucho menos de la tensión emocional que puede generar vivir en un entorno que cambia constantemente. Para muchas personas autistas, la estabilidad no es simplemente una preferencia. Es una herramienta que permite comprender el entorno, anticipar situaciones y reducir la incertidumbre.

Cuando esa estabilidad desaparece, la ansiedad suele ocupar rápidamente el espacio que queda libre.

En mi caso no se manifiesta mediante grandes explosiones emocionales. No suelo exteriorizar el malestar ni expresar fácilmente que estoy sufriendo. Tampoco resulta sencillo explicar el nivel de preocupación que puedo llegar a sentir cuando se acumulan demasiadas variables fuera de control.

La consecuencia es que muchas veces parezco despreocupado precisamente cuando más preocupado estoy.

Existe una imagen muy extendida que identifica la ansiedad con nerviosismo visible, inquietud constante o una expresión evidente de angustia. Sin embargo, algunas personas autistas viven la ansiedad de una forma mucho más silenciosa.

La mente no deja de trabajar.

Las posibilidades se multiplican.

Los escenarios futuros se analizan una y otra vez.

Las conversaciones se repasan mentalmente.

Las decisiones pendientes ocupan una parte creciente de la atención disponible.

Y mientras todo eso ocurre, desde fuera puede parecer que no sucede absolutamente nada.

Con el tiempo he aprendido que la ansiedad no siempre aparece donde esperamos encontrarla. A veces se esconde detrás de comportamientos aparentemente cotidianos.

En mi caso suele aparecer a través de la comida.

No porque tenga hambre real, sino porque comer proporciona una sensación momentánea de regulación. Termino de desayunar y vuelvo a buscar algo para comer. Acabo una comida y siento la necesidad de seguir picando. No existe una satisfacción clara. Lo que intento calmar no es el estómago.

Es la tensión.

Cada persona desarrolla sus propios mecanismos para gestionar la sobrecarga emocional. Algunas necesitan aislarse durante un tiempo. Otras recurren al ejercicio físico, a intereses específicos, a la lectura, a los videojuegos o a actividades repetitivas que aportan sensación de control.

No todos los mecanismos son necesariamente problemáticos. De hecho, muchas estrategias de autorregulación forman parte de la vida cotidiana de las personas autistas y cumplen una función importante para mantener el equilibrio emocional.

El problema aparece cuando la ansiedad crece más rápido que nuestra capacidad para gestionarla.

La relación entre autismo y ansiedad está ampliamente documentada. Numerosos estudios muestran que las personas autistas presentan tasas significativamente más elevadas de ansiedad que la población general. Las razones son múltiples.

Por un lado, la necesidad de adaptarse continuamente a un entorno diseñado para otras formas de procesar la información.

Por otro, el esfuerzo que implica interpretar expectativas sociales que a menudo resultan ambiguas o contradictorias.

También influye la sobrecarga sensorial, la dificultad para anticipar determinados cambios y la experiencia acumulada de sentirse diferente durante años.

No se trata únicamente de ansiedad social.

Aunque el miedo a cometer errores o a ser juzgado puede desempeñar un papel importante, la ansiedad autista suele extenderse a muchos otros ámbitos. La incertidumbre, la pérdida de rutinas, los cambios inesperados, la acumulación de demandas o la sensación de no disponer de tiempo suficiente para adaptarse pueden convertirse en fuentes constantes de tensión.

Quizá una de las partes más difíciles sea precisamente la invisibilidad de todo ese proceso.

Cuando alguien expresa su malestar de forma evidente, quienes le rodean suelen percibir que necesita apoyo. Cuando el sufrimiento permanece oculto detrás de una apariencia tranquila, el riesgo es que nadie llegue a comprender lo que realmente está ocurriendo.

Por eso resulta tan importante aprender a reconocer nuestras propias señales de alerta.

Cada persona tiene las suyas.

Algunas duermen peor.

Otras se aíslan.

Algunas pierden el apetito.

Otras comen más de lo habitual.

Algunas sienten agotamiento constante.

Otras experimentan irritabilidad, dificultad para concentrarse o una necesidad creciente de refugiarse en sus espacios seguros.

Comprender cómo se manifiesta la ansiedad en cada uno de nosotros no elimina el problema, pero permite actuar antes de que la situación termine desbordándonos.

Hoy sigo aprendiendo a hacerlo.

Y sigo descubriendo que detrás de muchas conductas que durante años interpreté como defectos personales, en realidad había una respuesta emocional a situaciones que no sabía cómo gestionar.

La ansiedad forma parte de la experiencia humana. En el autismo, además, suele adquirir matices particulares que no siempre resultan visibles para los demás.

Quizá por eso merece la pena hablar de ella con más frecuencia y con menos prejuicios.

Porque a veces la persona que parece más tranquila en una habitación es precisamente la que está haciendo el mayor esfuerzo para mantenerse en pie.

En Mundo Aspie hemos hablado en otras ocasiones sobre cómo determinadas experiencias emocionales pueden pasar desapercibidas cuando se observan únicamente desde fuera. Asumir el diagnóstico, El alivio de un diagnóstico Asperger, ¿Es el Asperger una enfermedad? y Síndrome de Asperger y Hikikomori, el encierro voluntario abordan, desde perspectivas distintas, la relación entre identidad, adaptación, agotamiento y bienestar emocional.

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