Suseia
La piedra puede sobrevivir durante siglos a quien la talla, pero detrás de cada arco, cada columna y cada figura permanece la huella de alguien que tuvo que imaginarla antes de que existiera. Esa distancia entre la fragilidad de una vida y la permanencia de una obra está presente en Suseia, la novela de Francisco Narla publicada por Istoría, sello de Editorial Planeta, y centrada en una de las figuras esenciales del románico europeo: el maestro Mateo y su trabajo en la catedral de Santiago de Compostela.
Compostela ocupa mucho más que el espacio físico donde transcurre la historia. La ciudad, la catedral y el Camino forman un mismo organismo alrededor del cual se mueven los personajes. Narla se acerca al siglo XII desde la monumentalidad que ha llegado hasta nosotros, pero también desde todo aquello que el paso del tiempo ha borrado. Sabemos de la obra del maestro Mateo mucho más de lo que sabemos del hombre. Ese vacío permite a la ficción explorar qué pudo existir detrás del artista capaz de acometer una empresa semejante y, sobre todo, qué precio personal puede exigir una creación destinada a trascender a su creador.
La propia descripción editorial coloca en el centro de Suseia el enfrentamiento entre el arte y el amor bajo «el peso de una catedral y el eco de la guerra». Es una síntesis acertada porque la novela no contempla la construcción únicamente como un acontecimiento histórico o arquitectónico. La convierte en una forma de obsesión. Mateo persigue la belleza mientras intenta convivir con el desorden que lo rodea y con sus propios recuerdos. En ese proceso llega incluso a plantearse si una obra de semejante magnitud puede proceder únicamente del talento humano o si, por el contrario, su creación tiene algo de sobrenatural y oscuro.
Esa duda resulta especialmente sugerente porque introduce una grieta en la imagen tradicional del gran artista. La belleza deja de ser algo sereno. Crear también significa enfrentarse a la frustración, al miedo, a la culpa y a la imposibilidad de alcanzar aquello que previamente se ha concebido. La catedral se levanta hacia el cielo, pero quienes trabajan en ella continúan sujetos a pasiones profundamente terrenales. Esa contradicción proporciona a la novela buena parte de su fuerza.
Durante la lectura resulta difícil no pensar en Los pilares de la Tierra, de Ken Follett. No porque Suseia reproduzca aquella novela ni porque Francisco Narla escriba desde las mismas coordenadas narrativas, sino por una sensación más profunda y difícil de evitar. De nuevo estamos ante una gran construcción medieval que parece absorber las vidas de quienes se aproximan a ella. La piedra deja de ser decorado y adquiere una presencia que condiciona ambiciones, relaciones, sacrificios y conflictos. Quien haya leído a Follett puede reconocer esa particular fascinación que produce contemplar una catedral no como el monumento terminado que conocemos hoy, sino como una empresa desmesurada levantada durante años por seres humanos que jamás pudieron observarla con nuestra perspectiva.
La comparación funciona hasta cierto punto y precisamente por eso resulta interesante. Kingsbridge es una creación literaria y la catedral de Follett sirve como gran eje alrededor del cual se despliega un amplio fresco social. Narla parte, en cambio, de Compostela, del maestro Mateo y de un patrimonio que sigue existiendo. El Pórtico de la Gloria puede contemplarse. La piedra es real. También lo son los interrogantes que rodean a quien la trabajó. Suseia establece así una relación diferente entre ficción e historia: no necesita inventar la grandeza del monumento, sino penetrar en los espacios que la documentación no ha podido llenar.
También aparece durante la lectura otra sensación relacionada con Los pilares de la Tierra, la de estar entrando en algo mayor que una sola novela. En este caso no es únicamente una impresión. Suseia forma parte de la Saga Compostela de Francisco Narla, junto a Ultreia y Santiago, aunque las tres novelas están concebidas para poder leerse de manera independiente. Esa estructura permite observar la ciudad, la catedral y el Camino a través de distintos momentos históricos. Los personajes cambian y los siglos avanzan, mientras Compostela permanece como punto de unión. La verdadera continuidad no depende, por tanto, de seguir las peripecias de una misma familia o de unos protagonistas determinados, sino de un lugar que acumula las huellas de quienes pasan por él.
Esta concepción amplía la perspectiva de Suseia. La novela puede disfrutarse por sí misma, pero al mismo tiempo transmite la impresión de ocupar un tramo dentro de una historia mucho más extensa. Quizá sea precisamente eso lo que provoca esa sensación tan propia de las grandes sagas históricas, cerrar una etapa sabiendo que el mundo narrativo no termina con ella. La existencia individual resulta breve frente a los edificios, las ciudades y los caminos que atraviesan generaciones. Un maestro trabaja la piedra; otros continúan después; los nombres se desdibujan y la obra permanece.
Francisco Narla conoce bien el terreno de la novela histórica. Nacido en Lugo en 1978 y afincado en Friol, ha desarrollado una trayectoria que abarca poesía, relato, ensayo técnico y novela. Títulos como Assur, Ronin, Donde aúllan las colinas o El buen vasallo consolidaron su presencia dentro del género, mientras que Laín. El bastardo obtuvo el I Premio Edhasa de Narrativas Históricas. Esa experiencia se percibe especialmente en su interés por acercarse al pasado desde los seres humanos que lo habitaron y no únicamente desde los acontecimientos que posteriormente quedaron registrados.
En Suseia ese planteamiento encuentra un personaje particularmente fértil. La figura del maestro Mateo pertenece a la historia del arte, pero los datos biográficos conservados sobre él dejan zonas de sombra. Y es precisamente ahí donde la novela histórica puede hacer algo que un ensayo no debería intentar: imaginar posibilidades humanas alrededor de los hechos conocidos. El resultado no busca sustituir la historia, sino dotar de emoción narrativa a aquello que la documentación no alcanza a explicar por completo.
También importa el espacio. Santiago de Compostela posee en la novela una dimensión material y otra simbólica. Está la ciudad medieval, sometida a sus tensiones y conflictos, pero está asimismo el lugar hacia el que confluyen personas procedentes de mundos diferentes. El Camino convierte a Compostela en destino y, al mismo tiempo, en punto de encuentro. La catedral concentra esa energía; es edificio religioso, demostración de poder, desafío técnico, creación artística y legado.
Narla aprovecha esa multiplicidad para plantear una cuestión que sobrevive al contexto medieval. ¿Cuánto estamos dispuestos a entregar por aquello que queremos crear? La pregunta puede aplicarse al arte, pero también a cualquier empeño que termina ocupando demasiado espacio en una vida. Mateo aparece así enfrentado a algo que supera la arquitectura. Su búsqueda de la belleza convive con la memoria emocional, y ambas fuerzas no siempre avanzan en la misma dirección. Construir implica elegir. Y algunas elecciones dejan marcas que ninguna obra, por extraordinaria que sea, consigue borrar.
Ahí reside uno de los aspectos más atractivos de Suseia. Frente a la tentación de observar la Edad Media únicamente desde la distancia histórica, la novela busca emociones reconocibles. La ambición, el amor, la culpa, la necesidad de dejar algo detrás de nosotros o el temor a haber sacrificado demasiado pertenecen al siglo XII y también al presente. La distancia entre ambos mundos se reduce cuando la historia abandona por un momento los grandes acontecimientos y se fija en las decisiones individuales.
La catedral acaba funcionando entonces como una medida del tiempo. Frente a la piedra, una vida humana parece extraordinariamente corta. Pero son precisamente esas vidas breves las que levantan los monumentos que después consideramos eternos. Esa paradoja acompaña buena parte de la lectura y explica también por qué Suseia puede despertar ecos de otras grandes novelas históricas construidas alrededor de una catedral. La comparación con Los pilares de la Tierra surge de manera natural, pero Narla encuentra su propio territorio en la historia compostelana, en la figura del maestro Mateo y en una obra cuya presencia física continúa interpelándonos ocho siglos después.
Quizá por eso Suseia deja una sensación que va más allá de haber recorrido un episodio del pasado. Al terminarla permanece la conciencia de haber asistido a una parte de algo que empezó antes y continuará después. Es la segunda pieza de una saga, sí, pero esa idea también está inscrita en aquello que cuenta: cada generación recibe una obra inacabada, añade algo y acaba entregándosela a la siguiente. Cambian las personas; permanece la piedra.
Francisco Narla convierte esa permanencia en materia narrativa y devuelve al monumento algo que la contemplación actual puede hacernos olvidar. Antes de convertirse en patrimonio, la catedral fue incertidumbre, trabajo, deseo y proyecto. Antes del maestro Mateo que recuerda la historia existió un hombre sometido al tiempo. Suseia se instala justamente en la distancia entre ambos y encuentra allí su razón de ser: mirar una obra que parece eterna para preguntarse por las vidas necesariamente efímeras que hicieron posible su belleza.
