Imagen destacada de Aquelarre en frío, de Iván Ledesma, publicada por Dolmen Editorial, con un hospital aislado por una inundación y una atmósfera de terror sobrenatural.

Aquelarre en frío

La llegada de una inundación puede alterar por completo el funcionamiento de un hospital. Cuando las carreteras desaparecen bajo el agua y el edificio queda aislado del exterior, la sensación de seguridad asociada a ese espacio empieza a desmoronarse. Ese escenario sirve de punto de partida para Aquelarre en frío, de Iván Ledesma, publicado por Dolmen Editorial, una propuesta que combina el terror sobrenatural con una historia de supervivencia marcada por el encierro.

La acción transcurre durante la última noche del año. Mientras la crecida de las aguas convierte un hospital comarcal en una isla de hormigón de la que nadie puede salir, un grupo de brujas y seguidores consigue abrirse paso hasta el interior con un propósito muy concreto. En algún lugar del edificio permanece oculta una máscara mortuoria que mantiene encerrada desde hace más de un siglo a una de las integrantes del aquelarre. Su liberación exige completar un ritual donde la violencia y la muerte adquieren un papel central.

Ese planteamiento enfrenta dos realidades muy distintas dentro de un mismo espacio. Por un lado, el hospital representa la atención, el cuidado y la protección de la vida. Por otro, la irrupción del grupo dispuesto a culminar el ritual transforma cada pasillo, cada habitación y cada planta en un territorio donde las reglas habituales dejan de tener sentido. La amenaza no procede únicamente del aislamiento provocado por la inundación, sino también de la imposibilidad de prever hasta dónde llegará aquello que ha irrumpido desde el exterior.

La historia reúne personajes muy diferentes que quedan atrapados en esa situación límite. Entre ellos aparecen un jefe de enfermeros que arrastra una profunda depresión, una paciente de psiquiatría decidida a escapar, una mujer embarazada y una trabajadora de limpieza marcada por un pasado que todavía condiciona su presente. Sus circunstancias personales convierten el relato en algo más que una sucesión de episodios de terror. Cada uno deberá afrontar no solo el peligro inmediato, sino también aquello que llevaba tiempo ocultando o intentando dejar atrás.

La presencia de las brujas introduce además una dimensión ligada al folclore y a las creencias ancestrales, mientras que el entorno hospitalario aporta un contraste especialmente inquietante. La convivencia entre ambos elementos sitúa el relato en un espacio donde lo cotidiano y lo sobrenatural terminan mezclándose hasta hacer difícil distinguir dónde termina una amenaza visible y dónde comienza otra mucho más antigua.

La novela también plantea una reflexión sobre la fragilidad de la normalidad. Bastan unas horas para que un lugar concebido para proteger a las personas quede transformado en un escenario donde las prioridades cambian por completo y la supervivencia pasa a depender tanto de las decisiones individuales como de la capacidad de colaborar con quienes, hasta ese momento, eran simples desconocidos.

Dentro del catálogo reciente de Mundo Aspie han aparecido otras historias donde espacios aparentemente seguros acaban convirtiéndose en lugares dominados por la incertidumbre y el peligro. Esa idea también estaba presente en El Hospital de la Piedra, donde un edificio cerrado concentraba buena parte de la tensión narrativa, y en El embrujo, otra incorporación reciente centrada en el suspense y los elementos inquietantes que alteran la percepción de la realidad.

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