El embrujo

El embrujo

Hay historias que no se leen, se infiltran. No avanzan en línea recta ni obedecen del todo a la voluntad de quien las sostiene entre las manos. Se deslizan por debajo, como si conocieran atajos que el lector aún no ha aprendido a nombrar. En ese territorio se mueve El embrujo, de Silvia Moreno-García, publicado por Minotauro, donde la idea misma de relato se vuelve permeable a algo que insiste, que regresa y que, sobre todo, no termina de irse nunca.

Minerva crece escuchando a Nana Alba, una voz que no narra desde la nostalgia sino desde una certeza incómoda: hubo un tiempo —y quizá todavía lo hay— en que las brujas no pertenecían al folclore sino a la experiencia. Esas historias, repetidas con la cadencia de quien no necesita convencer a nadie, dejan una marca silenciosa. Años después, ya convertida en investigadora especializada en literatura de horror, Minerva no parece haber elegido ese campo por casualidad. Hay algo en esa tradición oral, en ese contacto temprano con lo inexplicable, que encuentra una prolongación casi natural en su trabajo académico.

Su objeto de estudio es Beatrice Tremblay, autora de cuentos inquietantes cuya obra más conocida, La desaparición, contiene una anomalía… no se deja leer solo como ficción. A medida que Minerva profundiza en el manuscrito y en la biografía de Tremblay, aparecen grietas que conectan el texto con una serie de hechos que no encajan del todo en una explicación racional. Décadas atrás, durante la Gran Depresión, Tremblay había ocupado una habitación en la misma universidad en la que ahora investiga Minerva. Allí coincidió con una compañera cuya presencia —descrita como hermosa y, al mismo tiempo, extrañamente fuera de lugar— terminó en una desaparición que nunca llegó a esclarecerse.

Ese desajuste entre lo documentado y lo insinuado abre una fisura que no se queda confinada al pasado. La investigación de Minerva no es un ejercicio distante de análisis literario; se convierte progresivamente en una forma de aproximarse a algo que parece seguir activo. El manuscrito deja de ser un objeto cerrado y comienza a funcionar como un punto de contacto. Cuanto más avanza en su lectura, más evidente resulta que no está simplemente reconstruyendo una historia, sino entrando en un espacio donde las capas temporales empiezan a superponerse.

En ese juego de correspondencias, la figura de Nana Alba adquiere una nueva densidad. Sus relatos sobre un encuentro con brujas en el México de principios del siglo XX dejan de ser un recuerdo familiar para integrarse en una constelación más amplia. Lo que en un inicio podía interpretarse como una herencia cultural o una forma de transmitir experiencias límite empieza a resonar con los acontecimientos vinculados a Tremblay y, finalmente, con lo que ocurre en el presente de Minerva, en la Massachusetts de los años noventa. Tres momentos distintos, tres mujeres atravesadas por una misma presencia que no se deja fijar en un único lugar ni en una única época.

El desplazamiento geográfico —de México a Estados Unidos— no diluye esa sombra, sino que la acompaña, como si las coordenadas físicas fueran secundarias frente a una lógica más profunda. El campus universitario, con su aparente racionalidad, su estructura ordenada y su vocación de conocimiento, se convierte en un escenario donde lo inexplicable no irrumpe de manera abrupta, sino que se filtra lentamente. Pasillos, habitaciones, bibliotecas: espacios concebidos para el estudio y la clasificación empiezan a adquirir una cualidad ambigua, como si en ellos convivieran dos formas de entender el mundo que no terminan de excluirse.

En este contexto, la propia práctica académica se transforma. La investigación de Minerva, que en un principio responde a una lógica metodológica clara, se ve afectada por aquello que estudia. El límite entre analizar un texto y ser interpelada por él se vuelve difuso. No hay un momento preciso en el que se produzca esa transición; más bien se trata de una acumulación de indicios, de pequeñas desviaciones que, en conjunto, alteran la posición desde la que se mira. La tesis deja de ser un proyecto delimitado para convertirse en una experiencia que compromete a quien la lleva a cabo.

La presencia que atraviesa las tres líneas temporales no se presenta como un fenómeno fácilmente identificable. No hay una definición cerrada ni una categorización estable. Se insinúa en los márgenes, en lo que no termina de explicarse, en aquello que se repite con variaciones. Esa ambigüedad no funciona como un vacío, sino como un espacio de tensión constante. La brujería, en este caso, no aparece únicamente como un conjunto de prácticas o creencias, sino como una forma de relación con lo desconocido, algo que desestabiliza las estructuras desde dentro.

A medida que Minerva avanza, la sospecha de que la misma fuerza que afectó a su abuela y a Tremblay ha alcanzado su propio presente deja de ser una hipótesis remota. La investigación, lejos de ofrecer una distancia protectora, la sitúa en el centro de ese entramado. La idea de peligro ya no está asociada únicamente a lo que ocurrió en el pasado, sino a lo que puede estar ocurriendo ahora mismo, en los mismos espacios que ella transita.

Lo que se despliega en El embrujo no es una sucesión de acontecimientos aislados, sino una red de conexiones donde el tiempo, la memoria y la ficción se entrelazan de manera persistente. Las historias que Nana Alba contaba, el manuscrito de Tremblay y la experiencia de Minerva no forman una línea continua, sino un sistema de ecos que se responden entre sí. En ese entramado, lo que parece lejano se vuelve inmediato, y lo que se creía comprendido vuelve a abrirse, como si siempre hubiera algo más detrás, esperando el momento adecuado para hacerse notar.

A medida que las tres historias se entrelazan, lo que parecía un objeto de estudio empieza a desbordarse. La investigación deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una forma de exposición, como si acercarse demasiado a ciertos relatos implicara asumir también aquello que contienen. En ese punto, la distancia entre quien investiga y lo investigado se reduce hasta casi desaparecer.

Y ahí es donde el libro encuentra su lugar más incómodo, no tanto en lo que muestra, sino en lo que sugiere que podría seguir ocurriendo. Porque lo que atraviesa a estas tres mujeres no pertenece del todo al pasado, ni queda fijado en una única explicación. Se mantiene en ese espacio inestable donde las historias no terminan de cerrarse y, precisamente por eso, siguen operando.

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