El viejo escritorio
Hay objetos que no se limitan a ocupar un espacio en la casa, sino que parecen custodiar algo más difícil de nombrar. No es exactamente memoria, ni tampoco afecto en un sentido directo. Es una forma de presencia silenciosa, como si lo vivido quedara adherido a la materia y esperara, paciente, el momento en que alguien se detenga a mirarlo de otra manera. El escritorio que da título al libro de Aki Shimazaki funciona precisamente así, como un punto de acceso a una zona del pasado que no se ofrece de inmediato, pero que tampoco ha desaparecido del todo.
Publicada en su edición en castellano como El viejo escritorio por Tusquets Editores y disponible también en catalán como El vell escriptori en Editorial Empúries, la novela se inscribe dentro de un proyecto narrativo más amplio en el que la autora va reconstruyendo, pieza a pieza, la historia de la familia Niré. En este caso, el foco se desplaza hacia Nobuki, el hijo mediano, cuya vida cotidiana transcurre en una calma que parece estable, casi cerrada sobre sí misma.
Nobuki vive con su mujer y sus dos hijas, y la llegada de un tercer hijo se presenta como una prolongación natural de esa armonía doméstica. La rutina familiar, su trabajo y su dedicación a la guitarra clásica componen un equilibrio reconocible, sostenido en pequeños gestos más que en grandes acontecimientos. Sin embargo, esa estabilidad convive con una presencia que introduce una fisura constante, la enfermedad de su madre, Fujiko, afectada por un alzhéimer que avanza hasta borrar los vínculos más inmediatos. La pérdida de reconocimiento no se plantea aquí como un episodio dramático aislado, sino como un proceso lento que modifica la percepción del tiempo y de la identidad.
Es en ese contexto donde aparece el hallazgo que articula el desarrollo del libro. En un cajón del antiguo escritorio que Nobuki conserva desde la infancia, surge un diario íntimo escrito por su madre. No se trata de un documento elaborado con intención de ser leído por otros, sino de un intento de fijar aquello que amenaza con desaparecer. Fujiko escribe para no perderse a sí misma, para dejar constancia de lo que teme olvidar cuando la memoria comienza a desdibujarse. En ese gesto hay algo profundamente concreto y, al mismo tiempo, una forma de resistencia que no se formula en términos explícitos.
A medida que Nobuki avanza en la lectura, la figura de su madre se desplaza. Ya no es únicamente la mujer enferma que ha dejado de reconocerlo, sino alguien cuya vida interior se revela en capas sucesivas. Los recuerdos cotidianos conviven con emociones menos visibles, con zonas de inquietud, de ira contenida o de miedo que nunca habían tenido un lugar en la relación entre ambos. El acceso a ese material no se plantea como una revelación espectacular, sino como una reconfiguración progresiva de la mirada.
La escritura de Shimazaki se ajusta a esa lógica. El texto se mantiene en un registro contenido, donde lo que no se dice tiene tanto peso como lo que se explicita. No hay voluntad de subrayar los momentos clave ni de construir un crescendo emocional evidente. Más bien se produce un desplazamiento casi imperceptible, donde cada fragmento añade una variación en la percepción de los personajes y de sus vínculos. La brevedad del libro no implica simplificación, sino una concentración que obliga a leer en esa misma clave de atención sostenida.
El diario actúa, en este sentido, como un espacio intermedio entre el pasado y el presente. No restituye lo perdido, pero permite una forma distinta de relación con aquello que ya no puede ser compartido de manera directa. La madre que escribe y la madre que ha dejado de reconocer a su hijo no son figuras completamente separadas, sino dos momentos de una misma existencia que el lenguaje intenta mantener en contacto. Esa tensión atraviesa todo el libro sin resolverse en una conclusión cerrada.
También resulta significativo que la reconstrucción de la historia familiar se realice a través de distintos puntos de vista a lo largo de la pentalogía. En este volumen, la perspectiva de Nobuki introduce una distancia específica, marcada por la posición intermedia que ocupa dentro de la familia. No es quien conserva la memoria más antigua ni quien representa la ruptura generacional más evidente, sino alguien situado en un lugar de tránsito, obligado a reinterpretar lo que creía conocer.
El escritorio, como objeto, deja de ser un elemento funcional para convertirse en un soporte de esa relectura. No contiene únicamente el diario, sino la posibilidad de acceder a una versión de la realidad que había permanecido oculta, no por falta de información, sino por ausencia de una mirada capaz de reconocerla. La relación entre lo material y lo intangible se mantiene en un equilibrio discreto, sin cargar el símbolo más allá de lo necesario.
En ese espacio de contención, el libro se mueve con una precisión que evita tanto la explicitud como la ambigüedad excesiva. La experiencia de la enfermedad, la transmisión de la memoria y la reconfiguración de los vínculos familiares no se presentan como temas aislados, sino como elementos que se entrelazan en una estructura que avanza sin estridencias. Lo que emerge no es una respuesta, sino una forma de aproximación que permanece abierta mientras dura la lectura.
¿Te ha gustado?
Sigue explorando lecturas:
mundoaspie.es/lee
Facebook: Página | Grupo
Instagram: @mundo_aspie_lee
X: @MuNdO_AsPiE
TikTok: @mundo_aspie
Comparte y suscríbete para apoyar el pensamiento neurodivergente.
