Komorebi
Hay una forma de luz que no ilumina directamente, sino que se filtra. No cae con contundencia ni define los contornos de manera precisa. Se desliza entre las hojas, se fragmenta, cambia de intensidad según el movimiento del viento y obliga a quien la observa a detenerse, aunque sea por un instante. Esa imagen, contenida en una palabra japonesa difícil de traducir sin perder matices, funciona aquí como algo más que un título: actúa como una manera de mirar.
Fúlvia Nicolàs Tolosa, bajo el sello de Univers, construye en Komorebi un espacio narrativo que se resiste a quedar fijado en una sola categoría. El viaje a Japón aparece, sí, con sus trayectos, sus ciudades, sus detalles concretos, pero pronto deja de ser el eje exclusivo. Lo que se despliega es una superposición de capas donde el desplazamiento geográfico convive con algo más delicado, la reconfiguración de un vínculo.
La relación entre madre e hija atraviesa el texto sin imponerse como conflicto evidente ni como reconciliación forzada. Se mueve en un terreno más ambiguo, donde la complicidad no es un punto de partida asegurado, sino algo que se descubre, casi con sorpresa, en el propio transcurso del viaje. Hay una frase que lo sintetiza con una naturalidad poco habitual…… no son amigas, pero descubren que se caen bien. Esa afirmación, lejos de trivializar el vínculo, introduce una tensión suave, casi imperceptible, que estructura el recorrido emocional del libro.
El trayecto por Japón se convierte así en una especie de marco flexible donde caben escenas muy distintas. No se trata de una acumulación de lugares emblemáticos ni de un catálogo de experiencias exóticas. Lo que aparece son fragmentos que parecen elegidos más por su resonancia que por su relevancia turística. Una noche en un monasterio budista, con la cadencia de la oración marcando el ritmo de la experiencia; el encuentro con figuras inesperadas en espacios urbanos que, en principio, no invitan a la sorpresa; la presencia de lo cotidiano, como los aeropuertos o los trayectos intermedios, que adquieren una textura distinta cuando se observan desde la proximidad compartida.
En ese tejido narrativo también se insertan recuerdos de viajes anteriores, pequeñas historias que no pertenecen estrictamente a este recorrido, pero que dialogan con él. La figura de un amigo japonés y su boda introduce otra dimensión, una apertura hacia vínculos que se extienden más allá del núcleo familiar. Japón no aparece solo como destino, sino como un territorio emocional que la autora ya había habitado antes y al que regresa con una mirada transformada.
Hay momentos en los que el texto se detiene en lo aparentemente anecdótico, un insecto en un restaurante elevado, la presencia de animales, la observación de gestos mínimos. Sin embargo, esas escenas no funcionan como simples curiosidades. Se integran en una sensibilidad que parece buscar lo que queda en los márgenes, aquello que no siempre se registra cuando el viaje se vive desde la prisa o la expectativa.
Al mismo tiempo, emergen otras capas menos visibles pero igualmente presentes. Las referencias a las “pors geològiques” o a las “llàgrimes atòmiques” introducen una conciencia del territorio que no se limita a lo superficial. Japón aparece también como un espacio atravesado por su propia historia, por sus tensiones y fragilidades, por aquello que permanece aunque no siempre sea evidente en la experiencia inmediata del visitante.
En este sentido, Komorebi no se construye desde la voluntad de explicar Japón, ni de traducirlo para un lector externo. Más bien, deja que el país funcione como un interlocutor silencioso que acompaña el proceso interno de la narradora. La mirada no pretende abarcarlo todo, sino detenerse en aquello que, por alguna razón, establece una conexión.
La escritura se mueve en esa misma línea. No hay una búsqueda de espectacularidad ni de cierre concluyente. Los fragmentos se suceden con una lógica que recuerda más a la memoria que a la planificación. Algunas escenas se desarrollan con más detalle, otras apenas se esbozan, como si su función fuera simplemente dejar una huella. Esa irregularidad, lejos de resultar dispersa, construye una sensación de continuidad orgánica, como si el texto respirara al ritmo de la experiencia vivida.
También hay una conciencia del tiempo que atraviesa el libro de manera sutil. La idea de que quizá este viaje llega “un poco tarde” introduce una dimensión que no se resuelve ni se enfatiza, pero que permanece. No como arrepentimiento, sino como constatación de que las relaciones evolucionan, se transforman, se alejan y se reencuentran en momentos que no siempre coinciden con las expectativas.
En ese cruce entre lo íntimo y lo geográfico, Komorebi evita convertir el viaje en una excusa o en un decorado. Todo parece estar atravesado por una misma pregunta implícita: qué ocurre cuando dos personas que comparten un vínculo previo se encuentran en un espacio distinto, lejos de las rutinas que las definen. El desplazamiento físico abre una posibilidad de redefinición que no se impone, pero que se sugiere en cada gesto compartido, en cada conversación, en cada silencio.
El eco de trabajos anteriores, como Zugunruhe, aparece de fondo, no como continuidad directa, sino como una forma de entender el viaje como impulso. Si en aquel caso la dirección estaba marcada por el norte, aquí el movimiento parece más difuso, menos orientado hacia un destino concreto y más hacia la construcción de una constelación de recuerdos. Esa imagen, la de una constelación, resulta especialmente precisa: puntos dispersos que, al ser conectados, adquieren sentido.
El resultado es un texto que no busca imponerse, que no pretende ofrecer respuestas ni conclusiones cerradas. Se mantiene en ese espacio intermedio donde la experiencia todavía está en proceso de ser comprendida. Y quizá ahí reside su coherencia más profunda, en aceptar que hay vivencias que no se pueden fijar del todo, que permanecen en movimiento, como la luz que atraviesa las hojas y cambia con cada instante.
Quien se acerque a estas páginas encontrará una forma de atención, una manera de observar lo que ocurre cuando se mira con cierta lentitud.
¿Te ha gustado?
Sigue explorando lecturas:
mundoaspie.es/lee
Facebook: Página | Grupo
Instagram: @mundo_aspie_lee
X: @MuNdO_AsPiE
TikTok: @mundo_aspie
Comparte y suscríbete para apoyar el pensamiento neurodivergente.
