Tries invisibles
Hay decisiones que no se toman de manera clara ni consciente. No llegan después de una reflexión ordenada ni suelen presentarse como un momento decisivo fácil de identificar. A veces aparecen lentamente, casi sin ruido, escondidas detrás de hábitos, silencios, mecanismos de supervivencia o pequeñas renuncias que se van acumulando hasta modificar la forma de relacionarse con el mundo. En Tries invisibles, de Mercè Pujadas Cid y publicado por Les Hores, esa idea atraviesa el conjunto de los relatos sin necesidad de convertirse en una explicación explícita. Es una presencia subterránea que se va filtrando entre personajes, situaciones y emociones que rara vez se muestran de forma directa.
Conviene señalar, además, que la lectura realizada corresponde a la edición original escrita en catalán, un aspecto especialmente relevante en un libro donde el tono, la contención y el ritmo de la lengua tienen un peso muy concreto dentro de la experiencia de lectura. La prosa de Mercè Pujadas Cid se construye desde una aparente sencillez que evita cualquier exhibición estilística. Pero precisamente en esa contención reside parte de su fuerza. El texto no busca impresionar mediante acumulación ni mediante una intensidad verbal constante, sino a través de la manera en que deja espacio a los silencios, a las zonas incómodas y a todo aquello que los personajes no terminan de formular del todo.
Los diecinueve relatos que forman el volumen comparten una atmósfera emocional más que una estructura común. No funcionan como piezas cerradas sobre una misma idea, sino como aproximaciones diferentes a una fragilidad humana que adopta formas muy diversas. Aparecen relaciones deterioradas por dinámicas invisibles, personas que conviven con una sensación persistente de desajuste, figuras atrapadas en la soledad, en la vejez o en la incapacidad de encajar dentro de los marcos convencionales que las rodean. Algunos personajes intentan huir del dolor. Otros prefieren deformarlo hasta hacerlo soportable. Y hay quienes simplemente continúan avanzando mientras sostienen una realidad que hace tiempo que se ha resquebrajado.
Una de las cuestiones más interesantes del libro es la forma en que evita dramatizar en exceso los conflictos. Las tensiones existen, pero rara vez estallan de manera espectacular. El malestar suele aparecer en gestos mínimos, en frases aparentemente anodinas, en actitudes repetidas o en pequeñas fracturas cotidianas que terminan revelando una profundidad emocional mucho mayor de lo que parecía inicialmente. Esta forma de escritura obliga al lector a ocupar una posición activa. No existe una voluntad de explicarlo todo ni de subrayar constantemente el sentido de los relatos. Muchas veces es precisamente aquello que queda fuera de foco lo que termina adquiriendo más peso.
También resulta significativa la manera en que Mercè Pujadas Cid construye a sus personajes. No aparecen convertidos en símbolos abstractos ni en representaciones morales de una idea concreta. Mantienen contradicciones, opacidades y zonas difíciles de resolver. Incluso cuando el relato parece conducir hacia una interpretación determinada, suele aparecer algún elemento que desplaza ligeramente la percepción y evita una lectura completamente estable. Esa ambigüedad dota al conjunto de una textura especialmente humana. La sensación que queda con frecuencia es la de haber observado fragmentos de vida que continúan existiendo más allá de las páginas.
El libro se mueve con comodidad en ese espacio fronterizo entre lo visible y lo oculto que ya sugiere el propio título. Las elecciones invisibles no son únicamente las decisiones que los personajes toman sin verbalizarlas. También son los mecanismos internos con los que cada uno construye una versión soportable de la realidad. Algunos se autoengañan. Algunos silencian partes de sí mismos. Algunos transforman los recuerdos para poder convivir con el pasado. Otros simplemente intentan resistir. El volumen no juzga esas actitudes ni las convierte en lecciones morales. Las observa.
Hay relatos donde la tensión emocional resulta más evidente y otros que funcionan desde una extrañeza más sutil, casi imperceptible. Esa alternancia impide que el libro adopte un único registro emocional. A veces aparece una incomodidad latente difícil de concretar. En otros momentos emerge una tristeza más directa. También hay espacio para situaciones inesperadas que introducen una cierta distorsión dentro de la cotidianeidad, como si los personajes quedaran desplazados durante un instante del mundo que creían conocer. Pero incluso en esos casos, el libro evita convertir la excepcionalidad en espectáculo. Todo se mantiene dentro de una proximidad muy reconocible.
La experiencia de Mercè Pujadas Cid vinculada al mundo de los libros y de la lectura parece percibirse también en la manera en que administra el ritmo de los relatos. Existe una conciencia muy clara de la respiración del texto, del momento exacto en que conviene detener una escena o dejar una imagen abierta. Esa precisión contribuye a reforzar la sensación de naturalidad. Nada parece excesivamente forzado o construido para provocar un efecto concreto. Los relatos avanzan con una discreción que muchas veces termina resultando más incisiva que numerosos textos sostenidos únicamente sobre la intensidad narrativa.
En ese sentido, el libro encuentra buena parte de su identidad en la distancia que mantiene respecto a cierta literatura contemporánea obsesionada con explicar constantemente las emociones. Aquí las emociones casi nunca se conceptualizan. Se manifiestan a través de comportamientos, silencios, evasiones o pequeñas alteraciones de la normalidad cotidiana. El resultado es una lectura que no busca imponer una interpretación única, sino generar una sensación progresiva de inquietud, fragilidad o reconocimiento.
Detrás de muchas de estas historias hay también una mirada muy concreta sobre la forma en que las personas intentan sostener su propia narrativa vital. Sobre la necesidad de construir relatos internos que permitan seguir avanzando aunque la realidad no encaje del todo con aquello que querríamos ver. Quizá sea ahí donde el libro encuentra uno de sus espacios más sugerentes. No tanto en los acontecimientos que narra, sino en la manera en que muestra esas pequeñas distorsiones invisibles con las que los seres humanos intentan protegerse de aquello que les resulta demasiado difícil de asumir.
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