Evasión

Evasión

Hay momentos en la vida que no regresan como recuerdos, sino como impulsos. No llegan ordenados ni se dejan explicar del todo; aparecen, más bien, como una necesidad súbita, casi física, de volver a tocar algo que se sintió una vez y que, con el tiempo, quedó enterrado bajo capas de rutina, prudencia o resignación. Ese impulso —a la vez ingenuo y profundamente serio— es el que empieza a moverse en el interior de los protagonistas de Evasión, de Miguel Ángel Pérez González, publicada por Plataforma Editorial.

Cuatro hombres, ya instalados en la última etapa de sus vidas, comparten residencia y, con ella, un ritmo que parece dictado desde fuera. Los días se organizan con una precisión que no admite demasiadas desviaciones, como si el tiempo, en lugar de abrirse, se hubiese estrechado. En ese contexto, la memoria irrumpe no como un ejercicio nostálgico, sino como una chispa. Recuerdan aquellos veranos en los que ir al río no era solo una actividad, sino una forma de estar en el mundo: sin artificio, sin cálculo, sin la conciencia constante de uno mismo. Bañarse desnudos no era una transgresión, sino una manera natural de habitar el propio cuerpo y el tiempo.

Lo que comienza como una evocación compartida adquiere pronto otra dimensión. No se trata de hablar del pasado, sino de decidir qué hacer con él. Ese gesto, aparentemente sencillo, desencadena una decisión que descoloca el orden establecido: escapar. No como una huida desesperada, sino como una afirmación. La evasión que da título al libro no responde a un rechazo frontal de la realidad, sino a la voluntad de recuperar una experiencia que, de algún modo, sigue viva en ellos.

A partir de ahí, el relato se despliega como un desplazamiento doble. Por un lado, el físico: salir de la residencia, enfrentarse a las limitaciones del cuerpo, a los imprevistos, a la fragilidad que ya no puede ignorarse. Por otro, el interno: cada uno de ellos se confronta con lo que ha sido, con lo que ha dejado atrás y con lo que aún puede permitirse desear. El viaje no es solo hacia un lugar concreto —ese río que funciona casi como una imagen fundacional—, sino hacia una forma de percepción que parecía perdida.

En ese trayecto, la novela introduce una tensión constante entre la conciencia del paso del tiempo y la persistencia del deseo. Los protagonistas no se engañan respecto a su edad ni a sus límites. No hay idealización ingenua de la vejez. Sin embargo, tampoco aceptan sin más la reducción de la vida a un espacio de espera. Lo que se plantea es otra posibilidad: la de seguir habitando el presente con intensidad, aunque esa intensidad adopte formas distintas.

El humor aparece como una herramienta fundamental en este proceso. No un humor evasivo o superficial, sino uno que permite mirar la situación desde una distancia suficiente como para no quedar atrapados en ella. Las dificultades, los contratiempos, incluso las propias contradicciones de los personajes, se integran en una dinámica en la que lo cómico y lo emocional se entrelazan sin jerarquías claras. Esa ligereza, lejos de restar profundidad, actúa como una vía de acceso a cuestiones más amplias.

Entre ellas, la relación con el propio cuerpo ocupa un lugar relevante. El recuerdo de bañarse “en pelotas” no es solo una anécdota, sino un símbolo de una relación distinta con uno mismo. A lo largo del libro, esa imagen se resignifica: ya no es únicamente el eco de una juventud perdida, sino la posibilidad de reconciliarse con el cuerpo tal como es ahora, con sus límites y su historia. En ese sentido, la desnudez deja de ser un gesto físico para convertirse en una forma de exposición más amplia, que incluye lo emocional y lo vital.

También el amor se desplaza en este contexto. La pregunta que atraviesa la historia —si puede haber amor después de los ochenta— no se responde de manera directa, sino que se encarna en los vínculos que se generan y se transforman a lo largo del recorrido. No se trata de reproducir modelos anteriores, sino de explorar qué significa el afecto en una etapa en la que muchas convenciones han perdido su sentido o su urgencia.

La escritura de Miguel Ángel Pérez González acompaña este movimiento con una claridad que evita la ornamentación innecesaria. La prosa avanza sin imponerse, dejando que las situaciones y los personajes respiren. Esa aparente sencillez sostiene, sin embargo, una mirada atenta a los matices, a los pequeños gestos que van configurando el sentido del relato. No hay grandes giros ni artificios narrativos; lo que se construye es una continuidad en la que cada paso tiene su peso.

A medida que la historia avanza, la evasión deja de ser un objetivo concreto para convertirse en un estado. No se trata únicamente de llegar al río, sino de lo que ocurre en el camino, de las decisiones que se toman, de las dudas que aparecen y de la forma en que cada uno las atraviesa. El regreso a la infancia, más que un retorno literal, se presenta como una forma de reapropiarse de una cierta manera de mirar, de sentir, de estar.

En ese desplazamiento, el lector se encuentra con una pregunta que no se formula de manera explícita, pero que atraviesa todo el libro: qué significa vivir cuando el tiempo ya no se percibe como una promesa abierta, sino como un territorio más acotado. La respuesta no se ofrece como una conclusión, sino como un recorrido que invita a reconsiderar ciertas ideas asumidas sobre la edad, la libertad y el deseo.

Lo que queda, al final, no es tanto la resolución de la aventura como la sensación de haber asistido a un gesto que desborda su propia anécdota. Algo se ha puesto en movimiento y, en ese movimiento, se ha abierto un espacio donde la vida no se reduce a lo que se espera de ella. Tal vez ahí resida el núcleo de Evasión: en esa insistencia silenciosa en que incluso cuando todo parece ya definido, todavía puede aparecer una forma distinta de estar en el mundo.

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