Territorios
Un campo de cereal, un bosque profundo o una casa apartada pueden pertenecer al paisaje cotidiano y, al mismo tiempo, convertirse en lugares donde algo empieza a resultar extraño. Esa frontera entre lo reconocible y lo inquietante es el territorio elegido por David Roas para reunir en Territorios, publicado por Páginas de Espuma, una serie de relatos vinculados a un término de aparición reciente, el agrohorror.
La expresión comenzó a utilizarse en 2023 para identificar ficciones donde el ámbito rural no funciona simplemente como escenario. Forma parte esencial de aquello que provoca inquietud. La propuesta se distancia así de cierta imagen tradicional del folk horror, asociada a comunidades aisladas, antiguas creencias, rituales paganos o supervivencias de un pasado remoto.
El campo que aparece en estas historias pertenece plenamente al presente. Sus habitantes ven Netflix y HBO, utilizan teléfonos móviles, compran por Amazon o IKEA, conocen a Lovecraft y Stephen King y pueden jugar con una güija. No existe, por tanto, una oposición sencilla entre una ciudad contemporánea y unos pueblos detenidos en el tiempo. Lo perturbador surge precisamente dentro de una normalidad perfectamente reconocible.
Esa perspectiva también permite apartarse de otras representaciones habituales del medio rural. Territorios no parte de la nostalgia por una vida supuestamente más auténtica ni plantea el regreso al pueblo como refugio frente a las tensiones urbanas. Tampoco reduce estos espacios a los problemas asociados a la llamada España vacía, aunque cuestiones como la despoblación, la pérdida de servicios o la transformación económica formen parte del contexto social sobre el que ha crecido esta nueva sensibilidad cultural.
Roas lleva esa mirada hacia lo fantástico, lo insólito y también lo grotesco. Los relatos reunidos incorporan presencias fantasmales, procesiones espectrales, animales que regresan de la muerte, casas inquietantes, objetos mágicos o vegetación monstruosa. En ocasiones son viajeros, turistas o descendientes de antiguos habitantes quienes llegan desde fuera y descubren aquello que permanece escondido. En otras, son los propios vecinos quienes se enfrentan a lo imposible dentro de un entorno que conocen desde siempre.
El humor ocupa además un espacio significativo en este planteamiento. La parodia y la deformación grotesca permiten mostrar los absurdos del mundo rural junto a sus amenazas. Esa combinación amplía el registro del miedo y evita que todo dependa de una oscuridad solemne. Incluso cuestiones contemporáneas como determinadas formas mercantilistas de agricultura ecológica pueden entrar en ese juego de ironía, transformación y terror.
El fenómeno desborda, además, estas páginas. La propia explicación editorial relaciona el agrohorror con una tendencia perceptible durante la última década entre autores y autoras españoles y también en el cine reciente. Películas como O que arde, Destello bravío, As bestas, La espera o Bodegón con fantasmas han encontrado en espacios alejados de las grandes ciudades escenarios capaces de generar conflictos muy distintos a la vieja oposición entre civilización y atraso.
Territorios se incorpora así a una conversación cultural que está modificando la representación contemporánea del campo. Los pueblos dejan de ser únicamente lugares abandonados, refugios idealizados o depósitos de antiguas tradiciones. También pueden contener las contradicciones del presente, deformadas por lo fantástico hasta hacer visible aquello que, bajo la aparente tranquilidad del paisaje, preferiríamos no encontrar.
