La llengua dels amics
Hay lenguas que se heredan casi sin darse cuenta, como si formaran parte del paisaje doméstico, las palabras de la familia, las expresiones que se escuchan en la calle, el ritmo natural de la conversación cotidiana. Otras, en cambio, llegan por un camino más complejo. No aparecen solo como instrumento de comunicación, sino como un descubrimiento personal, una elección consciente que acaba convirtiéndose en una forma de afecto. En ese territorio íntimo se inscribe La llengua dels amics, el libro de Joan-Daniel Bezsonoff publicado por Editorial Empúries.
La trayectoria vital de Bezsonoff tiene algo de encrucijada cultural. Nacido en el Rosellón, con raíces familiares rusas y catalanas y formado dentro del sistema educativo francés, su biografía lingüística no responde a una sola tradición. Al contrario, está hecha de capas, de memorias familiares, de lecturas y de encuentros que han ido configurando una relación muy particular con las lenguas. Entre todas ellas, el catalán ocupa un lugar central. No como una lengua abstracta o institucional, sino como la lengua concreta de los abuelos, de los amigos y de un territorio que atraviesa la frontera administrativa entre Francia y Cataluña.
El libro se articula en ese espacio híbrido entre ensayo y memoria personal. Bezsonoff no construye un tratado filológico ni tampoco un relato autobiográfico convencional. Lo que aparece es una sucesión de recuerdos, reflexiones y observaciones que van dibujando la manera en que una lengua puede formar parte de una identidad sin haber sido nunca impuesta. Las páginas combinan la curiosidad erudita con un tono a menudo irónico, casi costumbrista, que observa con cierta distancia las pequeñas escenas de la vida cotidiana.
El catalán emerge como una presencia frágil pero persistente, especialmente en las comarcas que hoy forman parte de la administración francesa. Ese territorio, a menudo llamado Cataluña Norte, ha vivido durante décadas un proceso de sustitución lingüística que ha ido arrinconando la lengua en ámbitos cada vez más reducidos. En ese contexto, hablar catalán no es solo una cuestión lingüística; también implica una forma de entender la memoria colectiva y la continuidad cultural de un lugar.
Bezsonoff se acerca a ello desde una perspectiva muy personal. El catalán no aparece como una bandera ideológica, sino como una lengua asociada a vínculos afectivos. Es la lengua que escuchaba en la familia materna, la que compartía con determinados amigos, la que abría la puerta a un universo literario que con el tiempo acabaría formando parte de su propia escritura. Ese gesto de apropiación voluntaria es uno de los hilos que recorren todo el libro.
A medida que avanza el texto, el lector descubre también el retrato de un intelectual europeo con una relación muy natural con el multilingüismo. Bezsonoff habla nueve lenguas y ha crecido en un entorno en el que el paso de una lengua a otra forma parte de la vida cotidiana. Esa pluralidad lingüística no se presenta como una exhibición erudita, sino como una manera de habitar el mundo. Cada lengua aporta matices distintos, memorias diferentes, formas diversas de mirar la realidad.
En ese sentido, el libro traza un recorrido que va mucho más allá de la simple defensa de un idioma. Las historias familiares, las personas que han marcado su vida, los libros que ha leído o los paisajes que lo han acompañado aparecen integrados en una misma constelación cultural. La lengua funciona como un hilo conductor que conecta experiencias dispersas y que permite comprender mejor la relación entre identidad personal y herencia cultural.
También hay lugar para la observación irónica, casi humorística, de ciertas situaciones cotidianas. Bezsonoff posee una mirada que combina respeto y distancia crítica, y eso le permite describir con cierta ligereza los contrastes lingüísticos del Rosellón contemporáneo. Entre conversaciones, recuerdos y pequeñas anécdotas, el libro dibuja el retrato de un territorio en el que las lenguas conviven de manera desigual pero inevitable.
El pueblo de Nils, situado a pocos kilómetros de Perpiñán, aparece como un punto de referencia en esa cartografía personal. Desde ese espacio modesto, casi rural, Bezsonoff se define a sí mismo como un ciudadano universal. No porque renuncie a sus raíces, sino porque las integra en una identidad más amplia, hecha de lenguas, culturas y lecturas que atraviesan fronteras.
En este contexto, La llengua dels amics puede leerse también como una exploración de la manera en que las lenguas construyen comunidades invisibles. Comunidades que no siempre coinciden con los límites políticos o administrativos, sino con las redes de afecto, memoria y complicidad que se forman a lo largo de la vida. El catalán, en el caso de Bezsonoff, es precisamente eso: una lengua que conecta personas, historias y paisajes a ambos lados de una frontera que no siempre refleja la realidad cultural.
El libro avanza así entre reflexiones lingüísticas, episodios personales y evocaciones literarias que permiten entrar en el universo intelectual del autor. Ese universo está marcado por una curiosidad constante, por el interés en la historia europea y por una relación muy viva con la literatura. La lengua aparece siempre vinculada a esas experiencias, como si fuera al mismo tiempo memoria, herramienta de pensamiento y forma de relación con los demás.
De este modo, el libro La llengua dels amics Joan-Daniel Bezsonoff ofrece una mirada que combina reflexión cultural y experiencia vital. No busca establecer tesis concluyentes ni definir programas lingüísticos, sino mostrar cómo una lengua puede convertirse en parte de una biografía. El resultado es una pieza híbrida que oscila entre el ensayo y el relato personal, y que invita a observar la relación con las lenguas desde una perspectiva más íntima y cotidiana.
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