La ciudad de las luces muertas
Hay ciudades que parecen existir en varias capas al mismo tiempo. Caminamos por sus calles como si el presente fuese la única dimensión posible, pero bajo el asfalto y las fachadas sobreviven otras épocas, otras voces, otros gestos que no han desaparecido del todo. En Barcelona esa sensación resulta especialmente intensa. La ciudad que hoy conocemos se levanta sobre muchas otras, la modernista, la industrial, la convulsa, la artística, la que soñaron arquitectos y la que imaginaron escritores. En La ciudad de las luces muertas, David Uclés parte precisamente de esa intuición para construir un escenario donde el tiempo deja de comportarse como una línea recta.
La novela, publicada por Ediciones Destino y reconocida con el Premio Nadal 2026, arranca con un acontecimiento tan simple como perturbador. Un día, de manera inexplicable, la luz desaparece de Barcelona. No solo se apaga la electricidad. También el sol deja de iluminar la ciudad durante una jornada entera. El fenómeno no sumerge el espacio urbano en una oscuridad absoluta, porque permanece una claridad tenue cuyo origen nadie consigue identificar, además del resplandor intermitente del fuego. Esa suspensión de la luz altera algo más profundo que la percepción cotidiana, modifica la propia estructura de la ciudad.
A partir de ese instante, las Barcelonas que han existido a lo largo de la historia comienzan a entrelazarse. Los límites temporales se diluyen. Edificios que ya no estaban vuelven a aparecer como si nunca hubieran desaparecido, mientras otras construcciones que pertenecen al futuro irrumpen en el paisaje. Las calles dejan de pertenecer a una sola época. Diferentes momentos históricos se superponen en el mismo espacio, creando una geografía inestable donde conviven miradas que nunca deberían haberse encontrado.
En ese territorio alterado emerge uno de los rasgos más singulares del relato. El apagón de la luz convoca también a figuras que pertenecen a distintos momentos de la historia cultural. Escritores, artistas y pensadores regresan o se cruzan en encuentros improbables. Pablo Picasso coincide con Simone Weil. Julio Cortázar retrata a Carmen Laforet. Antoni Gaudí se mueve entre los transeúntes como si el tiempo hubiera dejado de tener importancia. Roberto Bolaño aparece antes de su muerte, mientras Gabriel García Márquez emprende una huida en barco. Incluso George Orwell se convierte en protector de figuras de la escena cultural como Montserrat Caballé, Núria Espert o Jordi Savall frente a los proyectiles de una guerra que irrumpe desde otra época.
La acumulación de presencias no funciona como un simple ejercicio de imaginación literaria. Cada uno de esos encuentros plantea una conversación posible entre distintas tradiciones culturales. Las artes dialogan entre sí y con la ciudad que las alberga. Pintura, literatura, música o teatro se convierten en formas de interpretar el caos temporal que ha invadido Barcelona.
En medio de este entramado aparece también una figura que introduce otra dimensión en la narración, un fotógrafo capaz de revelar en sus imágenes aquello que todavía no ha ocurrido. Su cámara no se limita a registrar el presente. Anticipa fragmentos del futuro, como si la realidad estuviera adelantándose a sí misma. La fotografía deja de ser un testimonio del momento para transformarse en una herramienta de exploración del tiempo.
A lo largo del libro, distintos personajes intentan comprender qué ha sucedido realmente con la desaparición de la luz. La ciudad se convierte en un laboratorio donde conviven intuiciones, hipótesis y búsquedas personales. Cada artista, cada escritor o cada ciudadano intenta descifrar el significado del fenómeno desde su propia mirada. Algunos se acercan a él desde la creación artística. Otros lo hacen desde la memoria o desde la experiencia de la ciudad vivida.
En este sentido, La ciudad de las luces muertas de David Uclés propone una reflexión que atraviesa varias dimensiones. Por un lado, explora la relación entre la ciudad y su memoria cultural. Barcelona aparece como un espacio donde la historia artística y literaria se acumula y se reactiva constantemente. Por otro, plantea el papel de la imaginación como herramienta para enfrentarse a los momentos de incertidumbre.
El propio tejido narrativo refleja esa idea. La novela se inspira en la tradición literaria vinculada a autoras como Montserrat Roig o Mercè Rodoreda, dos voces que observaron la ciudad desde perspectivas muy distintas pero igualmente profundas. Esa herencia se percibe en la manera en que la ciudad se convierte en un personaje colectivo, un espacio cargado de símbolos donde lo íntimo y lo histórico se entrelazan.
En lugar de seguir una trama lineal, el relato se despliega como una constelación de encuentros, escenas y situaciones donde las artes funcionan como una forma de conciencia social. Las palabras, las imágenes o la música no aparecen solo como manifestaciones culturales, sino como herramientas capaces de iluminar aquello que permanece oculto.
El apagón de la luz se convierte así en una metáfora abierta. La oscuridad no solo afecta a la ciudad física, sino también a la percepción de su propia identidad. Cuando desaparece la iluminación habitual, surge la posibilidad de mirar Barcelona desde otros ángulos, de redescubrir las capas que la componen y las voces que han contribuido a darle forma.
A medida que los personajes intentan entender qué ha ocurrido, la narración plantea una pregunta que atraviesa todo el libro, cómo se recupera la luz cuando parece haberse perdido. La respuesta no se formula como una solución técnica ni como una explicación científica. Se encuentra, más bien, en la capacidad humana de imaginar.
El resultado es un relato donde la ciudad, el arte y el tiempo se mezclan hasta crear un paisaje narrativo singular. La imaginación no aparece como evasión, sino como una forma de reconstruir sentido en medio de la incertidumbre. Y en ese punto se entiende el gesto central del libro de David Uclés… recordar que, incluso cuando la oscuridad parece instalarse en el horizonte, la luz puede volver a existir si alguien se atreve a concebirla primero.
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