Glòria
Hay familias que se definen por lo que cuentan de sí mismas, y otras que solo pueden entenderse a través de lo que nunca terminan de decir del todo. En la casa de los Alencar Costa i Oliveira, el lenguaje no es un instrumento estable, sino un territorio que se desplaza constantemente. Las frases se repiten hasta desprenderse de su significado inicial, los chistes internos funcionan como códigos privados y lo que se dice a menudo apunta en dirección contraria a lo que realmente se quiere expresar. Ese juego, que podría parecer ligero en un primer momento, convive con una herencia difícil de eludir, una especie de fatalidad íntima que ha marcado cada generación con una misma forma de desaparición.
En Glòria, Victor Heringer sigue el recorrido vital de tres hermanos —Benjamim, Daniel y Abel— que, aunque comparten origen, habitan espacios muy distintos. Uno se adentra en el mundo del arte, otro se mueve dentro de una burguesía que intenta sostener sus propias convenciones y el tercero encuentra en la religión una forma de organizar el sentido. No se trata tanto de trayectorias paralelas como de líneas que se cruzan, se alejan y vuelven a tocarse, siempre bajo la influencia de un entorno familiar que no deja de proyectar su sombra.
El relato no avanza como una cronología ordenada. Más bien se articula a través de fragmentos, desvíos e interrupciones que obligan a mirar a los personajes desde distintos ángulos. En ese sentido, el libro publicado por Les Hores propone una lectura que no busca tanto la claridad inmediata como una cierta complicidad con su propia forma de construirse. Las referencias literarias, las notas a pie de página que parecen desafiar cualquier expectativa convencional y los cambios de registro forman parte de una arquitectura que no se deja reducir a una sola capa.
Río de Janeiro aparece como un escenario que no es solo físico, sino también simbólico. El mundo del arte, los espacios urbanos, los márgenes donde surgen las comunidades digitales o las expresiones religiosas más intensas conviven sin una jerarquía clara, como si todos esos ámbitos formaran parte de un mismo sistema en tensión. Los personajes se mueven dentro de ese entramado con cierta fragilidad, intentando encontrar un lugar que no siempre se deja fijar.
Hay, al mismo tiempo, una manera particular de aproximarse a cuestiones que podrían resultar pesadas si se trataran de forma directa. La melancolía, la fe, la pertenencia o la relación con el cuerpo no aparecen como temas a desarrollar de manera lineal, sino como presencias que se filtran en las situaciones más cotidianas. El resultado es una combinación poco habitual entre humor e incomodidad, entre momentos que invitan a la sonrisa y otros que dejan una sensación más difícil de situar.
Los tres hermanos no funcionan como representantes de ideas abstractas, sino como figuras construidas a partir de contradicciones. Benjamim, con su vínculo con el mundo artístico, se encuentra constantemente en un espacio donde el reconocimiento y la incertidumbre conviven. Daniel, más próximo a una vida que desde fuera podría parecer estable, se ve atravesado por tensiones que no siempre son visibles. Abel, por su parte, articula su experiencia en torno a una fe que no se presenta como una respuesta definitiva, sino como una práctica que también genera dudas.
La presencia de elementos aparentemente dispersos —las tías, las hormigas, los foros de internet, un Dios que no termina de hablar con fluidez— contribuye a crear una atmósfera en la que el sentido no se da por sentado. Cada detalle puede adquirir una importancia inesperada, y el conjunto se configura como una red de relaciones que se va revelando de forma gradual. Esa manera de organizar el material narrativo exige cierta disponibilidad por parte de quien lee, una aceptación de que no todo se resolverá de forma inmediata.
El trabajo con el lenguaje ocupa un lugar central. No se trata solo de cómo se dicen las cosas, sino de cómo el propio acto de decirlas puede transformarlas. Las repeticiones, los desplazamientos de significado y las variaciones en el tono construyen una textura que acompaña a los personajes en su recorrido. La traducción de Pere Comellas Casanova mantiene esa complejidad y permite que el texto conserve su capacidad para generar matices sin simplificarlos.
En ese contexto, el pasado de la familia no aparece como una historia cerrada, sino como una fuerza que continúa actuando. La idea de una herencia marcada por la melancolía no se presenta como un elemento anecdótico, sino como una presencia que condiciona la manera en que los personajes se relacionan con el mundo y consigo mismos. No hay una explicación única ni una voluntad de cerrar esa cuestión, sino una exploración de sus distintas formas de aparición.
Glòria también puede leerse como una aproximación a la forma en que las identidades se construyen en contextos cambiantes. Los espacios digitales, las comunidades religiosas, los circuitos culturales y las dinámicas familiares se cruzan y se tensan, generando situaciones en las que las categorías habituales no siempre resultan suficientes. Esa complejidad se refleja en una escritura que evita las simplificaciones y apuesta por una mirada que admite la contradicción.
Conviene tener en cuenta que esta edición solo está disponible en catalán, un hecho que sitúa la lectura en un marco concreto y que también dialoga con la trayectoria de la editorial Les Hores, que ha apostado por acercar voces diversas a este espacio lingüístico. En este caso, la singularidad de la propuesta de Victor Heringer encuentra una vía de acceso que mantiene su particularidad sin diluirla.
El conjunto se despliega como un mosaico en el que cada pieza aporta una perspectiva distinta. No hay un centro único desde el que organizarlo todo, sino múltiples puntos de vista que se van alternando. Esta estructura no busca desorientar, sino abrir espacios para que las relaciones entre los elementos puedan percibirse de manera progresiva, sin necesidad de fijarlas de una vez por todas.
En ese movimiento constante entre lo que se dice y lo que queda en suspenso, entre lo que provoca una sonrisa y lo que incomoda, el libro construye una forma de cercanía que no depende de la identificación inmediata, sino de un tipo de reconocimiento más sutil. Los personajes no piden ser comprendidos en términos absolutos, sino observados en su manera particular de habitar el mundo, con todo lo que ello implica.
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