Faraones de Silicon Valley

Faraones de Silicon Valley

Hay títulos que funcionan como una promesa inmediata, casi automática, y hay otros que juegan a descolocarnos desde la primera lectura. Faraones de Silicon Valley, de Irene Cordón, pertenece claramente al segundo grupo. Basta con detenerse un instante en esas palabras para que la mente trace un camino previsible hacia la tecnología, los algoritmos, las grandes corporaciones digitales y ese ecosistema que solemos asociar con el presente más inmediato. Sin embargo, el libro no transita por ahí, o al menos no lo hace de la manera que uno podría anticipar. Lo que propone es un desplazamiento mucho más sugerente. Nos invita a mirar hacia atrás, hacia el antiguo Egipto, para comprender mejor lo que ocurre delante de nosotros.

Ese pequeño desajuste inicial no es un defecto, sino una de las claves de la experiencia de lectura. El título funciona como un puente engañoso que nos lleva a un territorio distinto del esperado. Y es ahí donde el ensayo despliega su verdadera intención. Porque lo que Irene Cordón plantea, apoyándose en su sólida formación como egiptóloga e historiadora, es una reflexión sobre la naturaleza del poder que atraviesa milenios sin perder vigencia. Los faraones no aparecen aquí como figuras remotas, encerradas en un pasado arqueológico, sino como arquetipos que siguen operando bajo nuevas formas.

La edición que se ha leído corresponde a la versión en castellano publicada por Now Books bajo el título Faraones de Silicon Valley, aunque conviene señalar que el libro también está disponible en catalán como Faraons de Silicon Valley, editado por AraLlibres. 

La propuesta de la autora se sitúa, como indica la propia descripción editorial, a medio camino entre la divulgación histórica y la crítica contemporánea. Parte de una premisa clara. Los faraones del antiguo Egipto no solo gobernaban mediante la fuerza o la administración de recursos, sino que construían un sistema simbólico extremadamente complejo. Religión, ritual, arquitectura y propaganda se entrelazaban para consolidar una imagen de poder que aspiraba a trascender la propia vida. No se trataba únicamente de mandar, sino de ser percibido como una figura casi divina, incuestionable, inevitable.

A partir de ahí, el libro establece un paralelismo con los liderazgos actuales. No se trata de una comparación superficial, ni de un recurso retórico fácil. Cordón identifica mecanismos concretos que se repiten con una precisión inquietante. La creación de relatos carismáticos, el control de los canales de información, la construcción de una imagen pública cuidadosamente diseñada y la necesidad constante de reafirmación son elementos que utilizan tanto los faraones como ciertos líderes del siglo XXI.

Lo interesante es cómo se construye esa conexión. La autora no fuerza el discurso ni cae en simplificaciones. Su conocimiento del mundo antiguo le permite ofrecer un contexto rico, matizado, donde cada elemento tiene su lugar. La arquitectura monumental, por ejemplo, no aparece solo como una demostración de poder material, sino como una herramienta de comunicación. Los templos, las tumbas, las estatuas no eran únicamente estructuras físicas. Eran mensajes dirigidos a la población, formas de fijar una idea en la memoria colectiva.

Esa lectura se traslada con naturalidad al presente. Hoy no levantamos pirámides, pero construimos otros espacios simbólicos. Plataformas digitales, redes sociales, ecosistemas tecnológicos que funcionan como escenarios donde se proyecta una determinada imagen de poder. La lógica no ha cambiado tanto como podríamos pensar. Lo que ha cambiado es el medio.

Hay en el libro una mirada especialmente afinada hacia los resortes psicológicos que sostienen estas dinámicas. El deseo de ser reconocido, la necesidad de control, la fascinación que ejerce una figura fuerte sobre la colectividad son constantes que nos encontramos en la historia. Hay una cierta inquietud que recorre el texto, una sensación de que esa continuidad entre pasado y presente no es del todo tranquilizadora.

La lectura avanza con un ritmo que equilibra bien la información y la reflexión. No es un ensayo denso. Se nota el trabajo de síntesis, la voluntad de hacer accesible un conocimiento complejo sin vaciarlo de contenido. En ese sentido, la experiencia resulta especialmente fluida. Cada capítulo abre una pequeña ventana que conecta dos tiempos distintos, y en ese cruce es donde el libro encuentra su mayor fuerza.

La trayectoria de Irene Cordón aporta un valor añadido que se percibe desde las primeras páginas. Su especialización en el antiguo Egipto, su trabajo en excavaciones, su labor como divulgadora y docente construyen una base sólida sobre la que se articula todo el discurso. No hay en el texto una acumulación gratuita de datos, sino una selección consciente de aquello que permite iluminar la idea central. Su interés por el papel de la mujer en las primeras dinastías egipcias, por ejemplo, añade una capa más de complejidad a la visión del poder, alejándola de una lectura exclusivamente masculina o jerárquica.

También resulta interesante la forma en que el libro dialoga con el lector contemporáneo. Plantea una invitación a observar con otros ojos. A cuestionar ciertas narrativas que damos por asumidas. A reconocer que muchas de las estructuras que consideramos propias de nuestro tiempo tienen raíces mucho más profundas.

En ese sentido, el ensayo funciona como un ejercicio de desplazamiento. Nos obliga a salir de la inmediatez para entender mejor lo que tenemos delante. Y ese movimiento acaba teniendo una dimensión muy concreta. Cambia la forma en que interpretamos ciertos gestos, ciertos discursos, ciertas figuras que ocupan el espacio público.

Hay momentos en los que la comparación entre los faraones y los líderes actuales adquiere una claridad casi incómoda. No tanto por lo evidente, sino por lo que deja entrever. La idea de que el poder necesita ser narrado, representado, sostenido a través de símbolos que apelan a la emoción más que a la razón…. Y esa constatación, lejos de quedarse en el plano histórico, resuena con fuerza en el presente.

Un aprendizaje que he sacado de este libro es que la historia no es una línea recta que avanza dejando atrás sus formas anteriores, sino un espacio donde ciertos patrones se repiten, se transforman, se adaptan.

Faraones de Silicon Valley es, en definitiva, un ensayo que juega con la expectativa inicial para conducir al lector hacia un territorio más amplio. No habla de tecnología en el sentido literal que su título podría sugerir, pero sí aborda algo que está profundamente ligado a ella. La manera en que se construye y se ejerce el poder en una sociedad que, pese a sus avances, sigue moviéndose por impulsos muy antiguos. 

Quizá una de las ideas más incómodas que deja Faraones de Silicon Valley sea precisamente esa sensación de continuidad. La impresión de que las sociedades cambian de lenguaje y de herramientas, pero siguen reproduciendo muchas de las mismas dinámicas de poder, fascinación y construcción simbólica.

Esa relación entre relato, autoridad y percepción también aparece, desde lugares muy distintos, en textos como Los libros de Enoc, donde los discursos oficiales conviven con interpretaciones alternativas de la realidad, o en Rodeados de mentirosos, centrado en la forma en que las narrativas personales y colectivas moldean nuestra manera de entender el mundo.

Porque, al final, quizá la historia no desaparece nunca. Simplemente aprende a adoptar nuevas formas.

 

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