Yo también fui un niño autista
Mis primeros recuerdos tienen algo en común. No son grandes acontecimientos ni escenas especialmente importantes para quienes estaban a mi alrededor. Sin embargo, permanecen grabados en mi memoria con una intensidad sorprendente.
Recuerdo a mi padre intentando que me subiera a su espalda para jugar. Lo hacía con la mejor intención del mundo, como tantos padres que convierten durante unos minutos el salón de casa en una aventura improvisada. Yo, en cambio, lloraba desconsoladamente. No entendía el juego. No percibía diversión ni complicidad. Sentía miedo. Estaba convencido de que quería subirme para que me cayera.
Años después comprendí que aquella reacción no era una muestra de desconfianza hacia mi padre. Era una forma distinta de interpretar lo que estaba ocurriendo.
También recuerdo los intentos de mis padres para que montara en aquellas norias infantiles llenas de luces, música y caballitos giratorios. Para muchas familias son una imagen habitual de la infancia. Para mí eran una fuente de angustia. El ruido, el movimiento, la incertidumbre y la sensación de no controlar lo que iba a suceder me resultaban insoportables. Mis padres gastaron más de una ficha intentando convencerme. Nunca lo consiguieron.
Otro recuerdo muy temprano me lleva a la mañana de Reyes. Mientras otros niños disfrutaban desenvolviendo regalos delante de toda la familia, yo solo quería una cosa. Entrar en mi habitación, cerrar la puerta y descubrir mis juguetes en silencio, sin miradas pendientes de mi reacción.
No era timidez.
No era mala educación.
No era falta de ilusión.
Simplemente necesitaba procesar aquel momento a mi manera.
Cuando todavía no existían las respuestas
Como muchos adultos autistas de mi generación, crecí sin diagnóstico.
Aquellas conductas eran interpretadas como rarezas, manías o rasgos de personalidad. Algunas provocaban preocupación. Otras generaban incomprensión. La mayoría simplemente quedaban sin explicación.
Durante años pensé que era yo quien estaba equivocado.
Que reaccionaba de forma exagerada.
Que debía esforzarme más para comportarme como los demás esperaban.
Solo mucho tiempo después entendí que aquellos recuerdos infantiles no eran episodios aislados. Formaban parte de una manera diferente de percibir el mundo.
La sensibilidad ante determinados estímulos, la necesidad de anticipar situaciones, la dificultad para interpretar algunas dinámicas sociales o la preferencia por espacios tranquilos ya estaban presentes mucho antes de que apareciera cualquier palabra relacionada con el autismo.
El diagnóstico no creó esas características. Lo que hizo fue darles contexto.
Los niños autistas también crecen
Cuando se habla de autismo, la imagen que suele aparecer es la de un niño.
Los recursos, las campañas de sensibilización, los programas de apoyo y buena parte de la investigación continúan centrándose en la infancia. Es lógico que exista una preocupación especial por los primeros años de vida. Detectar necesidades y ofrecer apoyo temprano puede marcar diferencias importantes.
Sin embargo, hay una realidad evidente que a menudo queda fuera del foco.
Los niños autistas crecen.
Se convierten en adolescentes.
Después en adultos.
Y finalmente en personas mayores.
El autismo no desaparece al cumplir dieciocho años.
Las dificultades relacionadas con la comunicación social, la sobrecarga sensorial, el agotamiento derivado del esfuerzo de adaptación o las barreras para acceder al empleo y a las relaciones personales continúan presentes durante toda la vida. A veces incluso se vuelven más complejas porque desaparecen muchos de los apoyos existentes durante la infancia.
Es una paradoja difícil de ignorar. Cuanto más se habla del autismo, más visibles son los niños. Mientras tanto, numerosos adultos siguen intentando comprenderse a sí mismos con recursos limitados y escaso acompañamiento especializado.
Aprender a vivir siendo uno mismo
Quizá el mayor desafío de muchos adultos autistas no consiste en cambiar quiénes son.
Consiste en entenderse.
En reconocer cuáles son sus necesidades reales.
En dejar de interpretar cada diferencia como un defecto personal.
En encontrar entornos donde no sea necesario justificar constantemente su manera de sentir, pensar o relacionarse con los demás.
La aceptación no elimina las dificultades cotidianas. No reduce automáticamente la ansiedad ni resuelve años de incomprensión acumulada. Pero permite algo importante.
Dejar de luchar contra uno mismo.
Mirando atrás, aquellos recuerdos de infancia ya no me producen extrañeza. Forman parte de una historia que ahora comprendo mejor. La del niño que no quería subir a un caballo de feria, que necesitaba abrir sus regalos a solas y que percibía el mundo de una manera que nadie supo explicar en aquel momento.
Ese niño sigue siendo la misma persona que escribe estas líneas.
La diferencia es que hoy entiende por qué reaccionaba así.
Quizá por eso resulta tan importante recordar que detrás de cada adulto autista hubo una infancia que también intentaba encontrar su lugar.
Si este tema te interesa, quizá encuentres continuidad en reflexiones como El alivio de un diagnóstico Asperger, donde se aborda el impacto de comprender por fin muchas experiencias del pasado. También en Asumir el diagnóstico, centrado en el proceso interno que sigue al descubrimiento de la propia condición, y en Luchando contra los estereotipos, una mirada a las ideas preconcebidas que todavía condicionan la forma en que muchas personas entienden el autismo. Para quienes se preguntan qué ocurre cuando desaparecen los apoyos infantiles, Adultos con síndrome de Asperger amplía precisamente esa conversación.
