Una treva que no és pau
Hay preguntas que no buscan una respuesta, sino que obligan a moverse alrededor de algo que no termina de dejarse nombrar. “Per què escrius?” no funciona aquí como un punto de partida cómodo, ni como una excusa para desplegar un discurso sobre el oficio. Es más bien una insistencia que incomoda, que descoloca, que obliga a revisar aquello que parecía estable. Miriam Toews recoge esa pregunta y la convierte en un eje inestable, una especie de motor que no conduce hacia una conclusión, sino hacia una serie de aproximaciones que se resisten a cerrarse.
Publicada por Les Hores y disponible únicamente en catalán, Una treva que no és pau se sitúa en un territorio donde la escritura deja de ser un gesto técnico o profesional para convertirse en una forma de relación con la memoria. No aparece como una herramienta neutra, sino como algo atravesado por tensiones, por silencios, por zonas que no terminan de aclararse del todo. A partir de ese interrogante inicial formulado en un evento literario en Ciudad de México, el texto comienza a desplegarse en múltiples direcciones, como si cada intento de respuesta abriera en realidad nuevas preguntas.
Las respuestas que Toews propone —y que nunca parecen satisfacer del todo a quien pregunta— no funcionan como explicaciones cerradas. Más bien dejan al descubierto capas de experiencia que no siempre resultan fáciles de ordenar. Entre ellas aparece, con una presencia constante aunque no siempre frontal, el suicidio de su hermana. No como un acontecimiento aislado que se pueda narrar de forma lineal, sino como una herida que modifica la manera en que se recuerda, en que se escribe, en que se sostiene incluso la propia identidad.
En ese sentido, el libro no se construye desde la voluntad de reconstruir una vida siguiendo un orden cronológico o una lógica biográfica tradicional. Lo que emerge es algo más fragmentario, más cercano a una correspondencia interior que se ha ido desarrollando durante décadas. Una escritura que no siempre ha tenido destinatario claro, que en ocasiones parece responder a una necesidad que ni siquiera se comprende del todo, pero que insiste. Como si escribir fuera, en cierto modo, una manera de llenar un espacio que de otro modo quedaría completamente en silencio.
Esa relación con la memoria no se plantea como un acceso transparente al pasado. No hay una confianza plena en la capacidad de recordar de forma fiel, ni en la posibilidad de fijar los acontecimientos en un relato definitivo. Al contrario, la memoria aparece como algo inestable, atravesado por la culpa, por la duda, por la reinterpretación constante. La escritura se sitúa entonces en ese lugar incómodo, intentando establecer una alianza con algo que no termina de ofrecer garantías.
Lo que resulta especialmente significativo es la manera en que el texto convive con registros aparentemente contradictorios. El dolor no se presenta como una dimensión única ni uniforme. Hay momentos en los que se filtra el humor, no como un recurso decorativo ni como una forma de aliviar lo que pesa, sino como parte constitutiva de la propia experiencia. Esa combinación no busca equilibrar, ni suavizar, ni hacer más accesible lo difícil. Más bien refleja una manera concreta de habitar lo vivido, donde la risa y la incomodidad pueden aparecer en un mismo gesto sin necesidad de resolverse entre sí.
A medida que el libro avanza, se va haciendo evidente que la pregunta inicial no puede responderse de forma definitiva porque remite a algo más amplio. No se trata solo de explicar por qué alguien escribe, sino de enfrentarse a la imposibilidad de decidir cómo se vive. La disyuntiva entre entender la vida como una comedia o como una tragedia no aparece como un dilema abstracto, sino como una tensión concreta que atraviesa la experiencia. Y en ese cruce, la escritura se convierte en una forma de sostener esa ambigüedad sin necesidad de resolverla.
También se percibe una cierta resistencia a acomodarse en los marcos habituales del relato autobiográfico. Aunque se trata del primer libro de no ficción en el que Toews aborda su propia vida de manera directa, no hay aquí una voluntad de fijar una versión definitiva de sí misma. Lo que aparece es más bien un proceso en marcha, una exploración que no termina de cerrarse, que avanza a través de dudas, de contradicciones, de momentos en los que la propia escritura parece cuestionarse.
El contexto en el que se inscribe el libro —una sociedad marcada por la saturación de discursos, por la producción constante de contenidos— no se aborda de forma explícita como un tema central, pero se filtra en la forma en que el texto se posiciona frente a la idea de escribir. No hay una búsqueda de espectacularidad ni de afirmaciones contundentes. Lo que se despliega es un tipo de escritura que se permite vacilar, que no teme detenerse, que acepta no tener una respuesta clara.
En ese sentido, Una treva que no és pau propone una manera de entender la escritura que se aleja de la idea de control o dominio sobre el material narrativo. Más bien se acerca a un gesto de aproximación, de tanteo, donde lo importante no es tanto alcanzar una conclusión como sostener el proceso mismo de intentar comprender. La memoria, el dolor, la culpa, el humor, la imposibilidad de responder a ciertas preguntas, todo ello convive sin necesidad de ordenarse en un sistema coherente.
El resultado es un texto que se mueve en ese espacio intermedio donde las categorías habituales pierden parte de su utilidad. Ni la comedia ni la tragedia terminan de imponerse, del mismo modo que la escritura no logra ofrecer una respuesta definitiva a la pregunta que la origina. Lo que queda es esa tensión sostenida, ese intento continuo de decir algo que siempre parece escaparse un poco más allá de las palabras.
Quizá lo más valioso de Una treva que no és pau sea precisamente esa negativa a convertir la memoria en un relato ordenado. La escritura aparece aquí como una forma de acercarse a lo que permanece incompleto, a aquello que sigue desplazándose entre el dolor, el humor y la imposibilidad de encontrar una explicación definitiva. En ese mismo territorio dialogan también lecturas como Los libros de Enoc, donde el sentido parece fragmentarse continuamente; TDAH adulto, por su manera de revisitar la identidad desde otra mirada; o El libro de Sarah – Tomo 2, atravesado por la sensación de existir entre distintas versiones de uno mismo. Incluso Rodeados de mentirosos termina conectando con esa tensión entre lo que contamos y lo que realmente conseguimos comprender de nosotros mismos.
