El trastorno de deprivación afectiva de Casandra y las relaciones en el autismo
Durante muchos años, una parte importante del discurso sobre el autismo pareció construirse alrededor de una idea profundamente limitada. La de que las personas dentro del espectro no deseaban vínculos afectivos reales o carecían de interés por las relaciones de pareja. Con el tiempo, esa visión ha ido perdiendo fuerza. No porque las dificultades desaparezcan, sino porque la experiencia cotidiana de miles de personas demuestra algo mucho más complejo. Las personas autistas también aman, construyen relaciones, forman familias y buscan intimidad emocional, aunque a menudo lo hagan desde códigos distintos a los socialmente esperados.
Esa diferencia en la manera de comunicarse, interpretar las emociones o expresar afecto puede generar situaciones de desgaste profundo dentro de una relación. No necesariamente por falta de amor, sino por la sensación persistente de desconexión que a veces aparece cuando dos personas viven la cercanía emocional desde lugares muy diferentes.
Dentro de ese contexto surge el llamado Trastorno de Deprivación Afectiva de Casandra, conocido también por las siglas CADD. El concepto fue desarrollado por la terapeuta británica Maxine Aston a partir de su trabajo con parejas en las que uno de los miembros se encontraba dentro del espectro autista.
El término no está reconocido oficialmente como diagnóstico clínico en los manuales psiquiátricos, algo importante de aclarar para evitar interpretaciones simplistas o excesivamente categóricas. Aun así, muchas personas han encontrado en esta idea una forma de poner palabras a experiencias relacionales difíciles de explicar. Especialmente aquellas vinculadas a la soledad emocional, la incomprensión constante o la sensación de no lograr establecer una reciprocidad afectiva estable dentro de la pareja.
Según Aston, algunas personas que conviven con una pareja autista pueden desarrollar síntomas relacionados con el estrés crónico. Ansiedad, agotamiento emocional, alteraciones del sueño, baja autoestima o sensación de aislamiento. No como consecuencia de una intención dañina por parte de la persona autista, sino como resultado de una dinámica relacional donde las necesidades emocionales de ambos terminan chocando continuamente.
Aquí aparece uno de los puntos más delicados de todo este debate. Hablar de estas dificultades no implica presentar a las personas autistas como incapaces de amar ni convertirlas en responsables únicas del sufrimiento dentro de una relación. Las relaciones humanas son siempre más complejas que cualquier teoría cerrada. Existen parejas neurotípicas profundamente destructivas y parejas neurodivergentes extraordinariamente sólidas. Reducir todo al diagnóstico sería una simplificación injusta.
Sin embargo, tampoco ayuda negar que determinadas características asociadas al autismo pueden influir intensamente en la convivencia emocional.
La dificultad para interpretar señales implícitas, la alexitimia, el agotamiento social, la necesidad de rutina o ciertas formas distintas de procesar la empatía pueden provocar malentendidos continuos dentro de la vida cotidiana. Muchas personas autistas sienten afecto de manera profunda, pero no siempre consiguen expresarlo según los códigos emocionales que la otra persona espera recibir. Y esa distancia entre lo que se siente y lo que se percibe puede terminar generando una sensación de vacío difícil de sostener con el tiempo.
La alexitimia ocupa un lugar especialmente relevante dentro de estas dinámicas. No se trata de ausencia emocional, sino de dificultades para identificar, interpretar o verbalizar las propias emociones. Algunas personas describen esa experiencia como vivir permanentemente un paso por detrás de lo que sienten, intentando traducir algo que internamente existe pero que no encuentra una forma clara de expresarse hacia fuera.
Para la pareja, esa dificultad puede percibirse como frialdad, indiferencia o desinterés. Para la persona autista, en cambio, la experiencia suele ser completamente distinta. Muchas veces existe cariño real, compromiso e incluso necesidad afectiva, pero expresados de una manera menos intuitiva, menos visible o menos alineada con las expectativas convencionales sobre la intimidad.
Ahí es donde aparece la figura simbólica de Casandra.
En la mitología griega, Casandra poseía el don de la profecía, pero estaba condenada a que nadie creyera sus advertencias. El paralelismo que propone Aston resulta evidente. Muchas parejas de personas autistas describen precisamente esa sensación de no ser escuchadas ni comprendidas cuando intentan explicar el desgaste emocional que experimentan. No solo dentro de la relación, sino también frente al entorno. Amigos, familiares o incluso profesionales pueden minimizar el problema porque desde fuera la relación parece estable o porque el sufrimiento emocional no siempre resulta visible.
La metáfora funciona precisamente porque habla de la invisibilidad.
Hay relaciones donde no existen gritos, violencia ni conflictos constantes y, aun así, una de las personas vive atrapada en una sensación continua de soledad emocional. Ese tipo de desgaste resulta especialmente difícil de explicar porque contradice la idea social de que el sufrimiento afectivo solo existe cuando hay agresividad evidente.
Al mismo tiempo, muchas personas autistas viven el proceso inverso. Crecen sintiendo que decepcionan continuamente a quienes quieren sin comprender exactamente qué esperan de ellas. Se esfuerzan por adaptarse, por interpretar códigos ambiguos, por sostener conversaciones emocionales agotadoras o por responder a necesidades afectivas que perciben como imprevisibles. Con frecuencia, ambas partes terminan sintiéndose incomprendidas a la vez.
Por eso algunas voces críticas cuestionan también el concepto de CADD. Consideran que corre el riesgo de presentar al miembro autista de la pareja como una fuente inevitable de sufrimiento emocional. Y es una crítica que merece ser escuchada. El autismo ya ha sido históricamente interpretado desde enfoques excesivamente patologizantes. Cualquier análisis serio debería evitar reforzar la idea de que las personas autistas son emocionalmente defectuosas o incapaces de establecer vínculos sanos.
Quizá el valor más útil del concepto no esté en etiquetar relaciones, sino en señalar algo más amplio. La enorme importancia que tiene la comunicación emocional dentro de cualquier convivencia prolongada. Especialmente cuando ambas personas interpretan el mundo de formas distintas.
Las relaciones entre personas neurotípicas y neurodivergentes pueden funcionar. Muchas funcionan extraordinariamente bien. Pero suelen necesitar un nivel de conciencia mutua mayor que el que normalmente exige una relación convencional. Comprender cómo procesa el otro las emociones, cómo expresa afecto, cómo vive el silencio, el cansancio social o la necesidad de espacio personal puede cambiar por completo la dinámica de una pareja.
A veces el problema no es la ausencia de amor, sino la diferencia entre los lenguajes utilizados para expresarlo.
También resulta importante recordar algo que durante años quedó oculto bajo ciertos discursos sobre el autismo. Las personas autistas no son emocionalmente homogéneas. Algunas necesitan muchísimo contacto afectivo. Otras son más reservadas. Algunas buscan relaciones intensas y constantes. Otras necesitan más distancia y autonomía. El espectro no describe únicamente diferencias cognitivas, sino también maneras profundamente distintas de experimentar la intimidad, la sensibilidad y la conexión humana.
Quizá por eso muchas relaciones mejoran precisamente cuando desaparece la idea de normalidad como objetivo. Cuando ambos dejan de intentar que el otro actúe según expectativas prefabricadas y empiezan a construir una forma propia de entenderse.
Porque al final, detrás de teorías, diagnósticos y etiquetas, siguen estando las mismas preguntas que atraviesan cualquier relación humana. Cómo sentirse comprendido. Cómo expresar afecto sin perderse a uno mismo. Cómo convivir con alguien que mira el mundo desde un lugar diferente sin convertir esa diferencia en una batalla permanente.
Y quizá ahí resida la parte más valiosa de este debate. No en decidir quién tiene razón dentro de la pareja, sino en entender que algunas formas de sufrimiento emocional nacen precisamente de aquello que nunca aprendimos a nombrar.
En Mundo Aspie ya hemos hablado otras veces sobre cómo las diferencias en la comunicación emocional, la sensibilidad o la percepción social pueden alterar profundamente las relaciones humanas, incluso cuando existe afecto real entre las personas implicadas. Textos como Asperger y contacto ocular, ¿Por qué no se debe obligar a dar besos y abrazos?, Como papá Asperger… somos diferentes o ¿Un Asperger puede conducir? parten de experiencias aparentemente distintas, pero todos terminan señalando algo parecido. La sensación constante de habitar códigos sociales que rara vez se explican de manera explícita y que, aun así, condicionan la forma en la que los demás nos interpretan.
