Luchando con los estereotipos

Luchando contra los estereotipos del autismo

Siempre he escrito bien. No lo digo desde la vanidad, sino desde la familiaridad. La lectura y la escritura han formado parte de mi vida desde hace muchos años y siguen siendo uno de esos pocos espacios donde todo parece ordenarse con cierta naturalidad. Mientras muchas situaciones sociales me agotaban o me dejaban descolocado, escribir nunca funcionó así. Al contrario. Era uno de los pocos lugares donde conseguía pensar con claridad.

Y, sin embargo, esa realidad sigue chocando con muchos de los estereotipos que todavía existen sobre el autismo y el síndrome de Asperger.

Para una parte de la sociedad, el autismo continúa asociado a imágenes extremadamente limitadas. El niño que no habla. El adolescente brillante en matemáticas pero incapaz de relacionarse. El genio informático aislado del mundo. Como si existiera una única forma válida de ser autista. Como si todas las trayectorias tuvieran que parecerse entre sí para ser legítimas.

La realidad es bastante más compleja.

Hay personas autistas que necesitan apoyo constante y personas completamente autónomas. Algunas destacan en áreas concretas y otras no muestran habilidades especialmente visibles. Algunas escriben, otras dibujan, otras programan, otras simplemente intentan sobrevivir al cansancio cotidiano que supone vivir en un entorno que rara vez está pensado para ellas. También existen mujeres autistas, personas mayores, adultos que trabajan, que tienen pareja, hijos o responsabilidades. Pero muchas veces seguimos siendo invisibles porque no encajamos en la imagen preconcebida que otros esperan encontrar.

En mi caso, la escritura ha sido siempre una capacidad especialmente desarrollada. Pero eso no significa que mi funcionamiento sea homogéneo en todos los ámbitos de la vida. Y este es uno de los aspectos que más cuesta entender desde fuera.

Existe una tendencia bastante extendida a pensar que, si una persona se expresa bien o tiene facilidad verbal, automáticamente debe desenvolverse con soltura en cualquier situación cotidiana. Como si las habilidades fueran transferibles por defecto. Como si escribir artículos, analizar ideas o construir un discurso implicara necesariamente comprender formularios administrativos, gestionar burocracia, interpretar ciertas dinámicas sociales o desenvolverse con eficacia en todos los contextos.

No funciona así.

Muchas personas autistas tenemos perfiles profundamente desiguales. Podemos mostrar una enorme precisión en determinadas áreas y, al mismo tiempo, experimentar dificultades aparentemente incomprensibles en otras tareas que los demás consideran sencillas. Alguien puede entender estructuras complejas, memorizar datos con facilidad o desarrollar un lenguaje especialmente rico y aun así sentirse completamente perdido ante situaciones cotidianas que requieren improvisación, flexibilidad social o procesamiento simultáneo de demasiados estímulos.

La idea de que la inteligencia funciona como un bloque uniforme probablemente hace mucho daño a la comprensión real del autismo.

Porque además el problema no es únicamente el desconocimiento. A veces es la resistencia a abandonar ciertos prejuicios.

Con frecuencia me he encontrado con personas que, después de leer mis artículos o conocer solo una pequeña parte de mi vida, concluyen que no puedo ser Asperger. Según ellos, hablo “demasiado bien”, tengo demasiada conciencia emocional o llevo una vida “demasiado normal”. Algunas reacciones han sido simplemente ignorantes. Otras, directamente desagradables.

Y no es algo que me haya ocurrido únicamente a mí. Le sucede constantemente a muchas personas autistas adultas, especialmente a aquellas que no encajan en los estereotipos más conocidos. En ocasiones parece que la sociedad acepta mejor una versión simplificada del autismo que la posibilidad de que existan perfiles distintos, contradictorios o difíciles de clasificar.

Resulta curioso cómo muchas personas prefieren cuestionar la experiencia de alguien antes que revisar las ideas preconcebidas que ya tenían sobre el tema.

Pero el autismo no desaparece porque una persona escriba bien, tenga estudios, mantenga una conversación compleja o consiga cierta estabilidad en su vida adulta. Del mismo modo que tampoco todas las personas autistas poseen talentos extraordinarios ni viven aisladas del mundo. La experiencia autista es mucho más amplia, mucho más irregular y mucho más humana de lo que suelen mostrar los clichés.

Quizá uno de los mayores problemas de los estereotipos es que terminan convirtiendo a las personas reales en excepciones incómodas. Y cuando eso ocurre, lo que falla no es la experiencia de quienes viven el autismo, sino la imagen limitada que otros construyeron sobre él.

A veces el problema no es solamente el desconocimiento sobre el autismo, sino la necesidad constante de encajarlo dentro de categorías simples. En Mundo Aspie también aparecen muchas de esas contradicciones en textos como Asperger y contacto ocular, Monotropismo en el autismo o Procrastinación en el autismo, donde la experiencia cotidiana rara vez coincide con la imagen rígida que todavía circula socialmente.

Más lecturas