Hombre reflexionando junto a una ventana mientras revisa recuerdos y notas personales tras recibir un diagnóstico de Asperger.

El alivio de recibir un diagnóstico de Asperger en la edad adulta

Hubo una época en la que acudir a una reunión familiar, una comida con amigos o cualquier compromiso social significaba convivir con una sensación constante de incertidumbre. A menudo tenía la impresión de que quienes me acompañaban se preguntaban qué ocurriría esta vez, qué comentario haría fuera de lugar o qué situación incómoda provocaría sin darme cuenta.

Durante muchos años interpreté esas experiencias como defectos personales. Pensaba que era despistado, inmaduro, poco considerado o simplemente diferente de una manera que no sabía explicar. Había algo en la forma en que me relacionaba con los demás que parecía no encajar, aunque nunca conseguía comprender exactamente qué era.

Cuando una vida entera empieza a tener sentido

Siempre he sido físicamente torpe y socialmente poco hábil. Puedo mostrar una atención obsesiva por determinados detalles mientras convivo con un desorden absoluto en otros aspectos de mi vida. Hay quien me considera excesivamente rígido, demasiado directo o incapaz de comprender determinadas sutilezas emocionales.

Al mismo tiempo, me considero una persona leal, honesta hasta extremos que a veces resultan incómodos, disciplinada cuando algo despierta mi interés y capaz de dedicar enormes cantidades de tiempo y energía a aprender sobre aquello que me apasiona.

Durante años convivieron todas esas contradicciones sin que encontrara una explicación satisfactoria. Simplemente eran rasgos dispersos de mi personalidad. No había un marco que permitiera entenderlos en conjunto.

El diagnóstico llegó en la edad adulta y, con él, una nueva forma de interpretar mi propia historia.

Crecer sin saber por qué eres diferente

Cuando era niño, el síndrome de Asperger todavía era prácticamente desconocido para la mayoría de profesionales y familias. Como ocurrió con muchas personas diagnosticadas años después, pasé gran parte de mi infancia y adolescencia sin recibir respuestas claras.

Los profesores solían describirme como alguien inteligente pero extremadamente irregular. Podía destacar en determinadas materias y fracasar estrepitosamente en otras por problemas de organización, planificación o atención a tareas que no despertaban mi interés.

Mis compañeros me percibían como alguien extraño. Yo tampoco entendía del todo las normas sociales que parecían resultar tan evidentes para los demás. Observaba conversaciones, bromas, gestos y dinámicas de grupo que funcionaban siguiendo reglas invisibles para mí.

Con el paso de los años aprendí a desenvolverme mejor, pero la sensación de estar interpretando un papel nunca desapareció completamente.

El código social que parecía conocer todo el mundo menos yo

Una de las experiencias más difíciles de explicar es la sensación de no comprender intuitivamente aquello que para otras personas parece natural.

Mientras una conversación gira alrededor de un tema que conozco o me interesa, suelo desenvolverme con facilidad. Sin embargo, cuando la interacción cambia hacia terrenos menos familiares, a menudo me siento desorientado. No siempre sé cuándo intervenir, qué respuesta esperan los demás o qué significado oculto puede esconder una frase aparentemente simple.

En más de una ocasión he dicho algo que consideraba perfectamente razonable y he descubierto después que alguien se había sentido molesto, ofendido o incomprendido.

Durante mucho tiempo estas situaciones generaron frustración. No entendía por qué ocurrían con tanta frecuencia. Tampoco comprendía por qué ciertos errores sociales parecían repetirse una y otra vez pese a mis esfuerzos por evitarlos.

Recibir un diagnóstico no solucionó automáticamente esos problemas, pero sí me permitió comprender que existía una explicación detrás de ellos.

Y esa comprensión tiene un valor enorme.

El impacto del diagnóstico en la vida familiar

Las dificultades sociales no afectan únicamente a quien las experimenta. También tienen consecuencias para las personas cercanas.

Mi mujer me ha dicho alguna vez que siente que convive con dos hijos. En determinados momentos puedo parecer distraído, olvidadizo o desconectado de cuestiones que para ella resultan importantes. Otras veces le ha resultado difícil entender cómo alguien puede querer profundamente a su familia y, al mismo tiempo, olvidar expresar ese afecto de la manera que los demás esperan.

No siempre he sabido interpretar emociones ajenas ni responder de la forma más adecuada. Tampoco he sido consciente de cómo determinadas palabras podían afectar a otras personas.

Entiendo que convivir con alguien así puede resultar agotador. Especialmente cuando muchas conductas son interpretadas desde fuera como falta de interés, egoísmo o indiferencia.

El diagnóstico no elimina esas dificultades, pero ofrece un contexto que ayuda a comprenderlas mejor. Permite sustituir algunas interpretaciones erróneas por una visión más ajustada de la realidad.

El alivio de dejar de culparte

Quizá el cambio más importante que produjo el diagnóstico fue emocional.

Durante años pensé que muchos de mis errores eran consecuencia de una falta de voluntad o de un defecto personal que debía corregir. Descubrir que existía una explicación neurológica detrás de muchas de aquellas dificultades no fue una excusa, pero sí una liberación.

Comprendí que no estaba intentando complicar la vida a quienes me rodeaban.

Comprendí que muchas de mis dificultades no nacían de la falta de cariño ni de la indiferencia.

Comprendí que llevaba años enfrentándome a situaciones que otras personas resolvían de manera intuitiva mientras yo tenía que analizarlas conscientemente.

Por primera vez dejé de preguntarme únicamente qué hacía mal y empecé a preguntarme cómo podía entenderme mejor.

Aprender después del diagnóstico

Recibir un diagnóstico no marca el final de un proceso. En muchos casos representa justamente lo contrario.

Desde entonces he dedicado incontables horas a leer, investigar y aprender sobre autismo, neurodivergencia, comunicación y relaciones humanas. No con la intención de convertirme en otra persona, sino con el deseo de comprender mejor mis fortalezas y mis limitaciones.

Conocer cómo funciona nuestra mente permite desarrollar estrategias, anticipar dificultades y reducir parte del desgaste que generan determinadas situaciones sociales.

También ayuda a mejorar la convivencia con quienes nos rodean.

Porque entender nuestras diferencias no consiste en justificar cualquier comportamiento. Consiste en disponer de mejores herramientas para relacionarnos con el mundo y con las personas que forman parte de nuestra vida.

A veces un diagnóstico no cambia quién eres.

Lo que cambia es la manera en que interpretas todo lo que has vivido hasta llegar hasta él.


Si te interesa cómo muchas personas descubren el autismo en la edad adulta, quizá también te resulten cercanas las reflexiones de Adultos con síndrome de Asperger, donde se aborda el impacto de recibir respuestas después de años de dudas. En Luchando contra los estereotipos aparece otra realidad habitual, la distancia entre la imagen social del autismo y la experiencia cotidiana de quienes viven dentro del espectro. Y en El autismo que no se ve se explora esa sensación de diferencia que durante mucho tiempo puede pasar desapercibida para los demás, pero que acompaña silenciosamente a muchas personas neurodivergentes.

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