Donde mueren las bestias

Donde mueren las bestias

Hay paisajes que no solo se miran, sino que se respiran como si arrastraran algo antiguo, algo que no termina de desaparecer aunque cambien los años o las estaciones. En ese tipo de territorio se instala Donde mueren las bestias, de Scott Preston, publicado por Impedimenta. Un lugar concreto, Cumbria, pero también un espacio más amplio donde lo humano parece deslizarse hacia una zona menos definida, más áspera, donde las reglas habituales pierden consistencia.

La historia se sitúa en 2001, en pleno brote de fiebre aftosa que sacudió el norte de Inglaterra. No es un telón de fondo neutro. Las piras donde arden los animales infectados, el humo que ennegrece el horizonte, la sensación de aislamiento progresivo, construyen un entorno que no solo condiciona a los personajes, sino que parece intervenir en ellos. En ese regreso forzado a la granja familiar, Steve Elliman no vuelve únicamente a un lugar físico, sino a una forma de vida que nunca llegó a abandonar del todo. Hay en ese retorno una especie de ajuste pendiente, una deuda silenciosa con el pasado.

Es ahí donde aparece William Herne. No como una simple figura secundaria, sino como una presencia que altera el equilibrio desde el primer momento. Su brutalidad no se presenta como un rasgo aislado, sino como parte de una lógica interna que el propio entorno parece justificar. Herne no persuade ni seduce en el sentido habitual. Arrastra. Introduce a Steve en una dinámica donde las decisiones dejan de responder a criterios reconocibles y empiezan a obedecer a impulsos más primarios, más difíciles de nombrar sin simplificarlos.

A medida que avanzan los acontecimientos, el vínculo entre ambos se desplaza hacia un terreno cada vez más ambiguo. No hay una frontera clara entre colaboración y sometimiento, entre lealtad y dependencia. Lo que empieza como una asociación vinculada al trabajo en la granja se transforma en algo distinto. Robos de ovejas, peleas clandestinas, episodios de violencia que no buscan necesariamente una justificación externa. Todo ocurre envuelto en una atmósfera densa, donde la niebla y la oscuridad no son solo elementos descriptivos, sino prolongaciones de ese estado interno que va tomando forma.

La creación de esa especie de comunidad al margen del sistema no responde a una utopía alternativa ni a un gesto ideológico reconocible. Es más bien una deriva. Una forma de organización que surge por acumulación de actos, por la repetición de decisiones que van alejando a los personajes de cualquier estructura previa. El trabajo físico, el desgaste del cuerpo, la necesidad de sobrevivir en un entorno hostil sustituyen progresivamente a cualquier marco ético. No hay un momento exacto en el que se produce la ruptura. Es algo que se va sedimentando, casi sin aviso.

El texto se mueve en esa tensión constante entre lo que puede explicarse y lo que simplemente ocurre. La culpa, uno de los ejes que atraviesan la historia, no se formula de manera explícita ni se resuelve en términos convencionales. Se filtra en gestos, en silencios, en la relación con el paisaje. La tierra no aparece como un escenario pasivo. Tiene una presencia que condiciona, que absorbe, que devuelve a los personajes a un estado donde las categorías habituales pierden nitidez.

Hay también una exploración del sentimiento de pertenencia que evita cualquier simplificación. No se trata de arraigo entendido como estabilidad o como refugio. Más bien como una fuerza que empuja hacia un lugar del que no es fácil salir, incluso cuando ese lugar resulta destructivo. La pertenencia aquí no protege. A veces encierra.

La prosa acompaña ese desplazamiento. No busca explicar en exceso ni ofrecer un mapa claro de lo que sucede. Avanza por acumulación, por capas que se superponen. El ritmo se ajusta a ese mundo donde el tiempo parece dilatarse o contraerse según las circunstancias, donde la repetición de ciertas acciones acaba generando una sensación de encierro progresivo.

En ese sentido, el libro no se apoya en giros espectaculares ni en una estructura que busque sostenerse en la sorpresa. Lo que propone es una inmersión. Un descenso a un territorio donde la violencia, el instinto y la necesidad se entrelazan de una forma difícil de separar. No hay distancia cómoda desde la que observar lo que ocurre. Todo sucede demasiado cerca.

El contexto de la fiebre aftosa, con su carga histórica y simbólica, actúa como catalizador de ese proceso. La enfermedad que obliga a sacrificar animales, que transforma el paisaje en un espacio marcado por el fuego y la pérdida, establece un paralelismo silencioso con lo que ocurre en el plano humano. Sin necesidad de subrayarlo, el texto deja que ambas dimensiones se contaminen.

A medida que la historia avanza, la sensación que queda no es la de haber asistido a una sucesión de hechos, sino la de haber atravesado un territorio concreto, con sus propias reglas y sus propias sombras. Un espacio donde la identidad se desdibuja, donde las decisiones no siempre responden a una lógica visible, y donde la línea que separa lo humano de lo animal se vuelve cada vez más difusa.

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