Te recuerdo tomando tus baños de eucalipto. La cabeza gacha sobre la cacerola llena de vahos, cubierta con un paño y aspirando. Todo ello antes de que se te partiera el corazón. Eras tan dulce, tan fantasiosa. Quizá no te supe proteger con los bríos de la inmadurez, esos que tiene la edad.

   Heredé de tí esos grandes ojos verdes, el espíritu de ahorro cual hormiguita, la quietud ante el enfrentamiento con la boca cerrada como si nos hubieran puesto un bozal para no herir más de lo que se habían ya encargado los demás, la humildad y la sencillez.

   Impregnada por la amargura de un mundo hostil que tu conociste bien, agradezco tu bendición, los signos que me mandas, la protección desde mi nacimiento. Los buenos recuerdos como aquellos largos paseos mirando escaparates de zapatos, las sesiones dobles de cine, el restaurante de comida casera al que me invitaste con apenas cinco años, el recuerdo de ese vestido azul celeste que llevaba ese día y los caballitos…  

   Te esfumaste muy temprano cuando ya no podías más con el sufrimiento de saber que la reconstrucción no era posible, con tu hálito de mamá María.

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Por María Ángeles Martín

Escritora y periodista. Apasionada de las series.

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