Desviar la mirada o mirar fijamente.

Asperger. Desviar la mirada o mirar fijamente

Uno de los estereotipos más repetidos sobre el síndrome de Asperger es la supuesta incapacidad para mantener contacto visual. Durante años se ha explicado casi como una característica universal, una especie de rasgo automático presente en todas las personas dentro del espectro. Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja y, sobre todo, mucho menos uniforme.

Hay personas autistas que evitan la mirada porque les resulta invasiva, agotadora o excesivamente intensa. Otras aprenden a sostenerla de forma artificial para encajar socialmente. Y también existe el caso contrario, mucho menos mencionado, de quienes miran demasiado fijamente.

Ese siempre ha sido mi caso.

Durante mucho tiempo pensé que mantener la mirada era precisamente lo correcto. Escuchaba constantemente que apartar los ojos transmitía desinterés, inseguridad o mala educación, así que intentaba compensarlo haciendo exactamente lo contrario. Mirar de frente. Mantener la atención. No desviar los ojos mientras la otra persona hablaba.

El problema es que la comunicación humana rara vez funciona mediante reglas tan simples.

Con el tiempo descubrí que aquella forma de mirar también generaba incomodidad. Algunas personas interpretaban esa intensidad como una actitud desafiante, casi como si estuviera cuestionándolas o intentando imponerme. Otras parecían percibirla como un interés personal o físico que en realidad no existía. Y en determinados contextos, sobre todo cuando la conversación se prolongaba, esa mirada fija terminaba resultando extraña, rígida o incluso intimidatoria.

Es una de esas situaciones donde se hace evidente algo que muchas personas neurodivergentes experimentan desde pequeñas. No basta con aprender una norma social. Después hay que calibrar el grado exacto, la duración adecuada, el momento preciso en que apartar los ojos y el instante correcto para volver a mirar. Todo eso ocurre además en tiempo real, dentro de conversaciones que ya de por sí exigen interpretar tonos, dobles sentidos, expresiones faciales y cambios emocionales constantes.

Lo que para muchas personas parece automático, para otras termina convirtiéndose en una especie de cálculo silencioso y agotador.

Con los años he entendido también que gran parte del malentendido nace de cómo interpretamos socialmente la mirada. Solemos asumir que existe una única forma “normal” de mirar a alguien. Si una persona evita el contacto visual, parece distante. Si lo mantiene demasiado, parece intensa. Hay un margen invisible de comportamiento considerado aceptable y cualquier desviación puede generar incomodidad inmediata, aunque no exista ninguna mala intención detrás.

En muchas personas autistas esa diferencia no nace del desprecio, de la arrogancia ni de la falta de empatía. A veces simplemente existe otra forma de gestionar la atención, la presencia y la interacción social.

Además, el contacto visual no siempre significa lo mismo para todo el mundo. Hay personas que necesitan mirar para concentrarse en la conversación y otras que necesitan apartar la vista para poder procesar mejor lo que escuchan. En determinados casos, sostener la mirada consume tanta energía cognitiva que termina dificultando precisamente aquello que se intenta hacer, escuchar y comprender.

Durante años muchos manuales redujeron el autismo a listas rígidas de comportamientos observables. Pero la experiencia cotidiana suele desmontar rápidamente esas simplificaciones. El espectro autista está lleno de contradicciones aparentes, matices y formas distintas de habitar situaciones que desde fuera parecen sencillas.

Por eso resulta tan problemático convertir determinados rasgos en reglas absolutas. No todas las personas Asperger evitan mirar a los ojos. Algunas, precisamente, aprendimos demasiado bien que debíamos hacerlo.

Y quizá ahí aparece una de las paradojas más habituales de la experiencia neurodivergente. Muchas veces no se nos percibe como diferentes por ausencia de interés social, sino por la manera concreta en que intentamos participar en él.

Hay otros textos de Mundo Aspie que también se acercan a esa sensación constante de desajuste social y de interpretación equivocada de conductas aparentemente simples. En ¿Por qué no se debe obligar a dar besos y abrazos? aparece la incomodidad del contacto físico impuesto y la presión de determinados convencionalismos sociales. ¿Un Asperger puede conducir? explora el desgaste mental que produce gestionar múltiples estímulos simultáneos en situaciones cotidianas. Y en Mi papá es diferente vuelve a surgir esa dificultad silenciosa de encajar en modelos sociales construidos desde expectativas que muchas veces no tienen en cuenta otras formas de percibir el mundo.

 

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