Anatomía de la maldad
Los juicios de Núremberg no solo sentaron en el banquillo a algunos de los principales dirigentes del régimen nazi. También ofrecieron una oportunidad insólita para observarlos de cerca. Psiquiatras y psicólogos pudieron entrevistarlos, estudiar su comportamiento, someterlos a pruebas y tratar de responder a una pregunta cuya aparente sencillez escondía un problema mucho mayor, ¿qué clase de persona puede participar en una maquinaria de exterminio?
De aquel encuentro entre la psiquiatría y algunos de los responsables de los crímenes nazis parte Anatomía de la maldad, de Joel E. Dimsdale, publicado por Plataforma Editorial. El autor recupera las evaluaciones realizadas durante los procesos de Núremberg y vuelve sobre ellas desde una perspectiva contemporánea, combinando psiquiatría, psicología social e historia. No pretende encontrar una explicación definitiva para el mal. De hecho, uno de los aspectos más perturbadores del ensayo nace precisamente de la imposibilidad de encerrarlo dentro de un diagnóstico.
Dimsdale posee una trayectoria especialmente adecuada para abordar una cuestión de esta naturaleza. Profesor distinguido emérito y profesor de investigación en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de California en San Diego, se formó en Biología, Sociología y Medicina antes de especializarse en psiquiatría. Ha investigado durante décadas cuestiones relacionadas con el estrés, el sueño, los factores culturales asociados a la enfermedad y las repercusiones psicológicas del Holocausto. Esa combinación de disciplinas resulta importante porque Anatomía de la maldad exige moverse continuamente entre el individuo y el entorno, entre la conducta personal y el sistema que la hace posible.
La primera tentación cuando nos enfrentamos a crímenes de una magnitud semejante consiste en buscar una diferencia esencial entre quienes los cometieron y el resto de la humanidad. Pensarlos como monstruos ofrece cierta tranquilidad. Si pertenecen a una categoría humana excepcional, si estaban enfermos o carecían de las estructuras psicológicas que consideramos normales, podemos contemplarlos desde una distancia protectora. El problema aparece cuando las evaluaciones no confirman esa separación con la claridad esperada.
Los informes clínicos recuperados por Dimsdale, incluidos los conocidos tests de Rorschach, dibujan según la descripción editorial un panorama bastante más difícil de aceptar. Entre aquellos hombres había personas cultas, organizadas y capaces de mantener vínculos afectivos en su vida privada. La participación en un régimen genocida no encontraba necesariamente correspondencia en una patología psiquiátrica que permitiera explicar de manera sencilla su comportamiento. Normalidad psicológica y responsabilidad por actos atroces dejaban de ser categorías incompatibles.
Ese desplazamiento constituye el verdadero centro intelectual de Anatomía de la maldad. La pregunta deja de ser qué enfermedad convierte a alguien en malvado y pasa a ser qué circunstancias permiten que una persona participe en acciones moralmente extremas sin percibirse necesariamente a sí misma como un monstruo. El cambio parece pequeño, pero modifica por completo nuestra posición como lectores. Ya no observamos únicamente a unos individuos históricos sometidos a examen. Empezamos a mirar los mecanismos que intervienen en sus decisiones.
Obediencia, ideología, presión colectiva y deshumanización aparecen entonces como elementos fundamentales. Ninguno funciona por sí solo como una explicación absoluta. Su importancia reside en la manera en que pueden combinarse hasta modificar los límites de aquello que una persona considera aceptable. La violencia extrema no necesita presentarse desde el principio con toda su crudeza. Puede instalarse dentro de estructuras administrativas, jerarquías, discursos legitimadores y formas de pertenencia que fragmentan la responsabilidad individual.
Aquí reside una de las ideas más inquietantes del libro. Resulta relativamente sencillo reconocer el mal cuando lo contemplamos una vez consumado. Mucho más difícil es identificar los procesos que permiten llegar hasta él. Entre una decisión cotidiana y un crimen contra la humanidad existe una distancia inmensa, pero Dimsdale dirige la atención hacia los mecanismos psicológicos y sociales capaces de erosionar progresivamente los frenos morales. La responsabilidad no desaparece por ello. Al contrario: comprender esos mecanismos obliga a pensarla con mayor precisión.
También evita una confusión frecuente. Comprender no equivale a justificar. Intentar averiguar cómo una persona pudo actuar de determinada manera no reduce la gravedad de sus actos ni convierte la explicación psicológica en una absolución moral. Esa tensión acompaña inevitablemente a cualquier aproximación científica a los perpetradores. Si los reducimos a monstruos, renunciamos a comprenderlos. Si tratamos de comprenderlos, corremos el riesgo de que la proximidad se interprete como una forma de indulgencia.
La cuestión se vuelve todavía más compleja cuando el foco abandona momentáneamente a los acusados y se dirige hacia quienes los estudiaron. Según plantea el propio enfoque del libro, el contacto prolongado con aquellas personas también tuvo consecuencias psicológicas para los investigadores. No eran observadores situados fuera de aquello que analizaban. Escuchaban, preguntaban, interpretaban y convivían durante horas con hombres acusados de participar en algunos de los mayores crímenes del siglo XX.
Esa parte amplía considerablemente el alcance del ensayo porque introduce otro problema: hasta dónde puede llegar la empatía profesional. Un psiquiatra necesita aproximarse a la persona que tiene delante para comprenderla, pero ¿qué sucede cuando esa comprensión se dirige hacia alguien responsable de atrocidades? ¿Es posible escuchar sin juzgar? ¿Debe hacerse? ¿Qué consecuencias tiene intentar reconocer rasgos humanos en alguien cuyos actos parecen negar cualquier humanidad a sus víctimas?
Dimsdale no necesita convertir estas preguntas en dilemas retóricos. La propia existencia del material clínico de Núremberg demuestra su dificultad. La ciencia aspira a observar y explicar, mientras que el contexto histórico exige no perder de vista la responsabilidad. Entre ambos extremos surge una tensión que hace especialmente valioso el enfoque del libro.
También explica que el ensayo conserve interés mucho más allá del estudio del nazismo. Su fuerza no procede de establecer equivalencias fáciles entre épocas distintas, sino de señalar determinados mecanismos humanos que merecen atención en cualquier sociedad. La obediencia a la autoridad, la fuerza de la pertenencia al grupo, la aceptación gradual de determinados discursos o la conversión de otras personas en categorías abstractas no pertenecen exclusivamente a un momento histórico.
La deshumanización resulta especialmente significativa. Para causar daño a gran escala no siempre hace falta odiar individualmente a cada víctima. Puede bastar con dejar de percibirla como individuo. Cuando una persona se transforma en miembro indiferenciado de un grupo, en cifra, problema o amenaza, la distancia moral aumenta. El lenguaje desempeña entonces una función decisiva, modificando la percepción antes incluso de que se produzca la acción.
Por eso Anatomía de la maldad parece resistirse a la comodidad de las respuestas definitivas. Sería tranquilizador terminar la lectura con una lista de características capaces de identificar a quienes pueden cometer atrocidades. También sería profundamente engañoso. Lo que emerge del trabajo de Dimsdale, atendiendo al planteamiento editorial de la obra, apunta en la dirección contraria. No existe una frontera psicológica sencilla que permita colocar el mal al otro lado y sentirnos definitivamente a salvo.
Eso no significa afirmar que cualquier persona vaya a comportarse del mismo modo bajo determinadas circunstancias. Una conclusión semejante sustituiría una simplificación por otra. Significa reconocer que la conducta humana depende de una interacción compleja entre personalidad, decisiones, contexto, autoridad, ideología y responsabilidad individual. Y que la ausencia de enfermedad mental no garantiza por sí misma una conducta moral.
Durante mucho tiempo hemos utilizado palabras como monstruo para describir determinadas formas extremas de crueldad. La palabra expresa repulsión, pero también establece una frontera. El monstruo pertenece a otra categoría. Podemos condenarlo sin preguntarnos demasiado por los procesos que lo llevaron hasta allí. Dimsdale obliga a reducir esa distancia.
Su experiencia como psiquiatra aporta al ensayo una perspectiva especialmente valiosa porque evita convertir el mal en una abstracción filosófica. Lo estudia a través de personas concretas que fueron entrevistadas, observadas y evaluadas. Al mismo tiempo, su formación sociológica permite que la mirada no quede limitada al diagnóstico individual. Entre la mente y el sistema existe una relación constante, y comprenderla resulta imprescindible cuando se analiza una estructura política construida sobre la obediencia, la jerarquía y la eliminación sistemática de seres humanos.
Anatomía de la maldad no parece buscar lectores que quieran confirmar que quienes cometen atrocidades son esencialmente distintos de ellos. Propone algo bastante más exigente, observar hasta qué punto necesitamos esa diferencia para sentirnos seguros. Los informes surgidos de Núremberg adquieren así un significado que supera su valor documental. Se convierten en una forma de interrogarnos sobre responsabilidad, conciencia y límites morales.
El mal extremo conserva algo que se resiste a cualquier explicación completa. Tal vez deba ser así. Reducirlo a una fórmula psicológica permitiría ordenar una realidad que precisamente demuestra hasta qué punto el comportamiento humano puede escapar de nuestras categorías más cómodas. Dimsdale se aproxima a esa oscuridad sin convertirla en espectáculo y sin ofrecer una explicación que pretenda clausurarla.
Y es precisamente esa falta de una respuesta tranquilizadora la que deja una huella más profunda. El verdadero desasosiego no consiste en descubrir que existieron personas capaces de participar en una maquinaria genocida. Eso ya lo sabemos. Aparece cuando la psiquiatría intenta encontrar al monstruo y, detrás de los diagnósticos, las entrevistas y las pruebas psicológicas, descubre algo mucho más difícil de asumir… seres humanos. La distancia que nos protegía se vuelve entonces bastante más pequeña.
